Mes: abril 2008

CASIMIRO BARAGAÑA

Casimiro Baragaña, gran maestro de las artes plásticas asturianas contemporáneas, ha sido y es un hombre predestinado a encontrarse consigo mismo en la pintura.

Y se la encontró y hasta podríamos decir que se desposó con ella desde el momento en que tuvo su primera idea. A partir de ahí tomó rumbo una aventura que se convirtió en destino y que hoy, a los ochenta y cuatro años, ha adquirido piel de historia.

Pero así y todo, Baragaña se considera un pintor que se siente insatisfecho de no haber captado aún la esencia más pura del color, de no haber agotado la geometría de lo exterior con la sutilidad de una línea que nunca llega a dejar de existir, que no ha acariciado con su pincel la ordenación que desvela el azar. Y creo que se engaña porque él ha dedicado millones de instantes a descubrir aquellas facetas y dimensiones del paisaje asturiano que necesitaron a un mago como él para transformarlo en una fantasía perdurable.

Transporta en su cabeza y en su mirada un bagaje inagotable de tonalidades, formas, densidades, imágenes y territorios de todo lo que hasta ahora se ha pintado, y con ello ha conformado una visión que ha ido depurando lo que percibía exteriormente hasta ir condensándolo en lo que cree que ha de ser una expresión que despoje a la pintura de todo aquello que no permita contemplarla en toda su auténtica dimensión. Meta que le hará seguir viviendo porque continuará pensando que le falta todavía mucho para conseguirla.

Mi amigo Humberto yo brindamos por un destino como el suyo, del que necesitaríamos su concurso para que en esta esquina sombría del malecón habanero alumbrase un modo de ver que estuviese ciego para lo que no fuese una revelación súbita de una realidad por pintar. Y bajo esa esperanza perduramos.

LOS SUEÑOS DE UN HABITANTE DESPIERTO

Mi amigo Humberto, en la gestación de todas sus obras, desconoce hasta qué punto puede controlar lo que contienen, lo que va a ir dentro de ellas, desde fuera, y por eso, guiándose por John Berger, deja que éstas lo cobijen y pueda habitarlas para desentrañar su misterio.

Y a la vista está que este lienzo rememora oscuros enigmas de un mar cruel e inhóspito si no sabes hacer morada en él, y sombrías semblanzas de una tierra dura e implacable si no te haces naturaleza con ella.

El habitante, radiante de una luz cósmica, se refleja en su sueño entre ambas fuerzas colosales y extiende sus alas para saber si el vuelo es el destino que anuncia poesía y esperanza.

Lo que ha querido pintar mi amigo Humberto es un territorio de huellas en su deseo de que lo inanimado cobre vida y anuncie nuevas, y lo ha hecho a partir de un exorcismo que ampare la mirada de angustia de nuestro ser.

Al caer la noche, erramos por el malecón en busca de cuerpos que nos alberguen de esta indigencia de caricias y ron, pero al vernos se apartan, pues nos conocen y saben que somos fantasmas irrecuperables de comarcas de penumbra.

AURA

Mi regreso de las brumas del norte trae nuevas sombras con las que esconder lo que no tiene nombre.

El que no se esconde es este joven pintor chileno, Axel Lovengreen, el que a través de esta tela y de toda su obra, busca desesperadamente cubrir la total superficie para huir del vacío, para que haya una sed de infinito que lo envuelva continuamente.

Él quiere que haya mucho que mirar, quizás demasiado, por eso transforma esa formulación cromática en signos de un destino que intenta explicar desde presupuestos netamente plásticos.

La trama nos envuelve en su torbellino por su condición de ser esencialmente óptica, no hay ningún otro orden de referencia, pues no se necesita para que esa pesadilla, a la manera de los “drippings” de Pollock, quede fijada en el espacio.

El gesto es lo que delata esa lucha del pintor consigo mismo, visualiza un destello para ocultarla cuanto antes, y en ese atisbo se perciben los esfuerzos, los movimientos, las dudas y las indecisiones. La frondosidad de los colores avivan las fuerzas y convierten los acontecimientos.

Mi amigo Humberto y yo hace días que no nos vemos y cuando nos encontramos apaciguamos una búsqueda que no da frutos por separado. Nos asomamos al malecón en esta noche de desvelo y contribuimos con nuestro silencio a que las negras sirenas calmen sus ansias de hombre.

MADONNA

A partir de hoy y durante una semana me abstraeré de todo lo mediato para guiarme en lo inmediato, en lo que se hace imperiosa exigencia en una comarca donde las brumas del norte no permiten otro naufragio que un exterminio sin más testamento que una última blasfemia.

Mientras tanto, os dejo en compañía de esta figura de mi amigo Humberto, que es su antítesis: orden de líneas y planos, coherencia formal, sus arabescos, sus símbolos, su armonía cromática, su gran plasticidad; valores formales, en suma, a través de los cuales llega a verse la majestuosidad de una madonna que en su perspectiva frontal cobra una dimensión renacentista y por su configuración en prisma una derivación trópicocubista.

Pero también caben otras aproximaciones, sin lugar a dudas, y otras apreciaciones, por descontado más atinadas, lo cual no obsta para que podamos admirar su belleza, que incluso tiene algún ribete clásico.

Voy a echar de menos nuestra esquina del malecón durante estos días, sus brisas y murmullos, las pieles morenas con que está purificado y construido, nuestros monólogos y soliloquios sobre lo efímero de una vida dedicada al arte, los aciertos y fracasos, el consuelo de un ron que al principio sabe a luz y después filtra la penumbra.

Hasta un siempre que es mañana.

MIJAIL VRUBEL

El tema de este cuadro, “El demonio”, del pintor simbolista ruso Mijail Vrubel (1856-1910), le obsesionó toda su vida.

La personificación de una bella criatura luciferina como un ser andrógino encarna la ambivalencia que todo hermafrodita representa. Y es un dualismo -bien y mal, masculino y femenino, cielo e infierno, luz y sombra, etc.- que íntimamente nos persigue en nuestra andadura existencial. Él mismo, aparentemente, sentía con tanta intensidad tal binomio que la única forma de tenerlo ante su vista era pintarlo.

Consecuencia de ello, es su legado de un rostro impenetrable, rencoroso, con mirada de odio en un cuerpo de mortal belleza sobre esas alas de pavo real rotas que simbolizan su degradación y expulsión de un presunto imaginario que ya no nos conforta porque hemos perdido la fe en una historia no irredenta.

Vrubel vivió loco y ciego durante los últimos años de su vida y puede decirse que él mismo se la quitó al exponerse desnudo al mortífero frío siberiano del invierno. Murió poco después de neumonía.

Nosotros, mi amigo Humberto y yo, padecemos de otro modo esa angustia, pero la sobrellevamos a través de visiones que entre el ron y ultratumbas llevan a fronteras en que el sueño dibuja un malecón candente de diosas mestizas concediéndote favores de caricias interminables. Mas nunca arriba esa quimera a esta esquina del malecón, por lo que seguimos viviendo condenados a este dueto de poca luz y mucha sombra.