Mes: junio 2008

LOS ROSTROS QUE NO VEMOS

  • Frank Auerbach no hace retratos de rostros sino que ellos mismos dejan que el denso empaste cromático los vaya exteriorizando hasta que sean ásperos fósiles enmascarados. Él se limita a ser un mediador que intercede.

  • E intercede dibujando en la faz edad, dolor, sufrimiento, odio, indiferencia, rabia, frustración, cada grueso trazo es un rasgo que se va definiendo, que va tomando la forma de lo grotesco, momento en que la belleza, llena de conmiseración, rescata esas facciones y de un soplo les da color y vida. Y así han de permanecer hasta que el tiempo de la inmortalidad dé paso al de las cenizas. Mientras tanto se hablan en silencio pues han perdido la fe en la voz que les había de salvar.

  • En el malecón, hoy, se representa un melodrama en el que los espantajos sufren una metamorfosis durante unas horas, en las que redimen su fealdad y cantan a su nueva belleza. Mi amigo Humberto y yo nos sumamos al acto de este grandioso escenario esperanzados en el encuentro con nuestra vertiente hermosa y rebosante de placeres invictos.

  • No sucedió así, la mudanza se nos vetó por ser seres apátridas, vivir en constante penumbra y no poder pintar más que habitantes incapaces de vivir fuera de las tinieblas. En el camino de regreso no sollozamos más que ron.

LA ISLA DE LOS MUERTOS

A través del paisaje se han llevado a cabo innumerables renovaciones y transformaciones de la sustancia pictórica. Los artistas han sabido ver en él la matriz para la conformación de visiones innovadoras entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la realidad y la fantasía, entre lo físico y lo inmaterial.

Ante esta obra, “La isla de los muertos”, de Arnold Böcklin, pintor suizo injustamente olvidado y no muy valorado, nos atrapa la incitación a formar parte de ese minúsculo cortejo -de hecho lo vamos acompañando con los ojos- y a ser protagonistas de una ceremonia que en un anfiteatro tan sobrenatural adquiere una dimensión cósmica.

El artista, fiel a un romanticismo que entonces estaba en su momento álgido, ha sabido reflejar con un virtuosismo casi imposible el pensamiento de la mortalidad que nos oprime y al mismo tiempo nos seduce, con el fin de abandonarnos en el otro lado, en un instante de dramaturgia fría, solitaria, silenciosa, mórbida, si bien majestuosa.

Un cúmulo de visiones y sensaciones atenaza nuestro cuerpo cuando la mirada se posa en ese paisaje que no por fantástico es menos real, tal es la penetración de una pintura que roza la perfección gracias a que todos los elementos que juegan dentro de ella conjugan su autonomía plástica con su pleno ajuste en la unicidad de la obra.

Mi amigo Humberto y yo buscamos entre los cayos del Oriente esa isla, pero la más parecida que encontramos estaba atestada de caimanes gigantescos que después de devorarte se encargaban de depositar tus restos en nichos construidos en los arrecifes.

No nos movió tanta sensibilidad con nosotros mismos como para poder probar fortuna en ella, por lo que decidimos regresar al malecón y convertir en cenizas unos granos de maíz que con unas gotas de ron y unas pavesas de tagarnina catalizarían nuestras mermadas fuerzas a la hora del desposorio con nuestra hada letal.

CHANGÓ

Mi amigo Humberto y yo divisamos al obeso y monstruoso Changó apostado en una esquina del malecón. Hijo no querido de Aggayú y Yemayá, la dueña del mar, fue adoptado por Obatalá, el señor del pensamiento. Expulsado del Congo, se encontró camino del destierro a Orula, a quien hizo entrega del tablero de Ifá, del que fue su oráculo. Mujeriego impenitente y pendenciero, estaba casado con Obba, teniendo como amantes a Oyá, señora de los vientos, y a Ochún, la más hermosa.

Nos hizo una seña para que nos acercásemos y según nos aproximábamos observamos que estaba vestido con una túnica de mujer y unas trenzas. Nos explicó que estando en la vivienda de Oyá, su barragana y esposa también de Oggún, señor de los hierros, fue cercado por unos enemigos, de los cuales sólo pudo escapar disfrazado de tal guisa.

Para celebrarlo, nos convidó a abo (cordero), gallo rojo, aguera (codorniz), ayapa (jicotea), guinea, toro, pavo, gallos jabaos y plátano.

Después nos tocó el güiro, que le había regalado su padrino Osain, con la boca y un dedo, y también nos adivinó nuestro destino con el caracol y los cocos.

Una vez que se despidió de nosotros, los aullidos del viento nos obligaron a guarecernos en el obrador, que al amanecer se nos apareció más lúgubre y cavernoso que nunca.

Humberto tomó un pincel con el que desflorar la tela mientras yo aporreaba los tres tambores sagrados (okónkolo, itótele e iyá), hasta que la efigie tomó forma y vida mediante la caída de un espantoso rayo. Ante ella brindamos con harina de maíz y lilá pues por un día más estábamos a salvo.

LA LOCURA

Gabriel García Muñoz, “Pintura”, joven artista español, nos ofrece un retrato de la locura que gracias a su vertiginosa economía de medios muestra una visión que despoja lo accidental de lo exterior para configurar el esqueleto plástico de lo interior.

Es un viaje inverso que potencia el factor expresivo de lo que ya es esencia, núcleo de la supuesta defensa del hombre ante el caos. Pues esa figura entre barrotes de sangre no deja que la demencia nos horrorice sino la lucidez que la anima, la provoca y la hace sufrir.

Decía Hermann Broch que el arte nace del presentimiento de la realidad, Samuel Beckett añadiría que el arte es la apoteosis de la soledad y Herbert Read concluiría afirmando que la actividad artística comienza cuando el hombre se halla frente al mundo visible como algo infinitamente enigmático.

Presentimiento, soledad y enigma que convergen en la locura a modo de un discurso estético del que es ejemplo la desnudez pictórica de esta obra como fruto de un destino que está dentro de nosotros y que sólo lo vemos cuando el pintor lo pone delante de nuestra mirada.

Él permite que, a través de nuestros ojos, de nuestra memoria, sensibilidad e inteligencia, rellenemos esos vacíos entre las líneas y ese entorno crepuscular que interiorizan la enajenación que indiferentemente padecemos hasta que un día lleguemos al lugar donde ha estado él. Entonces el retrato se hará vivo y buscará la materia de la que estamos hechos para encarnarse.

El malecón guarda fielmente nuestros secretos y locuras, y lo hace con el cariño de un anciano protector, borracho de siglos y sediento de carnes. Mi amigo Humberto y yo le confiamos casi todos los días los sinsabores de nuestras penitencias y él nos abruma con las insensateces de sus pesares. Al final nos reprocha con lo de que ya es hora que en la pintura de Humberto aparezca la presencia del vacío, único homúnculo que puede redimirnos de una soledad y locura colectivas entre tanta penumbra.

TEORÍA DE JUEGOS

Jesús Vázquez, joven artista sevillano, guarda el secreto de un delirio en su cerebro y una idea fría en la manera de ejecutarlo pues sabe como abrazar el medio creador idóneo para darle forma.

La experiencia invisible, nos señala el artista, es una metáfora de la realidad y yo pinto esa alegoría para que se haga visible a modo de delirio.

Y nos traslada a las catacumbas donde esa quimera se fraguó y comenzó a tomar cuerpo, a estrujar líneas, a seguir los meandros de un dibujo que sabe como someter perfiles, a buscar las sendas cromáticas que destapen escenografías fantásticas de ultratumba.

Y lo que queda es ya leyenda, mito, imágenes en las que el significado de la vida se confunde con significados de otra existencia, se anhela otra muerte con distinta resurrección, mediante el lenguaje del éxtasis y el arte para alcanzarla.

En esta obra, trasciende lo caricaturesco para construir una atmósfera turbia, helada, en la que el color se ajusta de manera precisa a su cometido de expresividad concreta, no sale de sus contornos ni finge otras texturas, se concentra en la propia teoría que se representa, aquélla en la que desde la época medieval no sabemos como interpretar y por eso siempre somos incapaces de ganar. Él piensa que sí y para eso tiene esa magia que gracias a su poder de visualización penetra en nuestra mirada y la hace soñar.

Mi amigo Humberto y yo somos como dos fantasmas que mendigan por un malecón encinta de criaturas que no han empezado a hablar y ya gritan. Pero el grito se hace sombra, y nosotros nos guarecemos en ella para no perder la poca sangre que nos queda en provocar ardores ya hartos de rogar por una vida que no tiene más sol que una perpetua penumbra.

YEMAYÁ

Ayer, cuando mi amigo Humberto y yo limpiábamos y organizábamos el taller, percibimos la presencia etérea de un cuerpo que nos inmovilizaba con su sombra. Al ver la piedra de mar que portaba, nos dimos cuenta de que era Yemayá, que nos declaró hijos del santo y nos conminó a revelar su efigie en una tela que serviría para el llamamiento espiritual de lucumíes-yoruba, congos, carabalíes, mandingas, arará, gangá y mina en el malecón.

Sobre nosotros recaería una sentencia de oprobio si no cumplíamos lo decretado y sobre nosotros recaería una maldición eterna si del icono erigido no surtía la solicitud de estos habitantes para la cremación en hoguera de los “mongos” John, Canot, Blanco Fernández de la Trava (el de Gallinas) y Cha Cha (el brasileño Francisco Félix de Souza).

Al acabar el retrato, del que emanaban sonoridades yorubas y abakúas, la orisha nos quemó los labios con carbones ardiendo y nos hizo beber aguardiente de caña para aplacar nuestra sed.

Amanecimos hambrientos pero ya no pudimos comer, únicamente el ron se paseaba por nuestra garganta en busca de un abismo sin seres que sumergir.

FRONTERAS

Javier G. Vidal, joven artista navarro, autor de esta obra, es otro enviadable modelo de creador total, del que siente que el arte se manifiesta en distintos ámbitos, en diferentes entornos, en múltiples espacios, con incontables medios y recursos.

Por eso es fotógrafo, escultor y pintor, por ello ejemplifica una pasión que sólo tiene la frontera de un nuevo descubrimiento, de un innovador hallazgo que le permita continuar la ruta hasta el siguiente trecho en el que reposar lo construido, volver a analizarlo y descomponerlo, porque siempre hay algo que ha quedado latente pidiendo ser sacrificado. Nosotros estamos para verlo, él para exorcizarlo.

En esta pintura, el incendio evoca un todo emocional de rachas huracanadas que desvelan las turbulencias que es capaz de desencadenar la incandescencia del color depurándose a sí mismo. En esa fuerza radica un impulso incontenible que surge como un tornado de un mar en agonía. Ha conseguido que la oquedad que padecemos se llene y suspire.

Las ánimas vuelven al malecón habanero vestidas con túnicas rojas y rezando por los que como mi amigo Humberto y yo avanzamos perdidos en el bosque sombrío de un amanecer estéril. La música ya no suena y el color se mudó de esquina. Ahí quedó el lienzo reflejando nuestro vacío.