Mes: julio 2008

LA JUSTICIA DE LA MEMORIA

  • ¡Cuántas obras y artistas no hemos apeado de nuestra memoria e imaginario! Muchos, quizás demasiados, ¿o es que son excesivos para que naveguen por el recuerdo?

  • Esta pequeña obra maestra fue pintada por Mariano Fortuny unos días antes de morir. Un desnudo que prueba su exquisita sensibilidad y maestría en la materialización de una carnalidad que reposada en ese mar de jade se convierte en un territorio en el que la voluptuosidad y la sensualidad entonan un canto a la belleza y la vida.

  • Y este desnudo de la “mantilla y el clavel” de Zuloaga resplandece por sí solo aunque nos evoque semblanzas goyescas o las densidades de Romeros de Torres. La pose chulesca pone de manifiesto un cuerpo de belleza gitana que está a la espera de demostrar que la praxis no tiene otra filosofía que la de la entrega plena. Y que al espectador no le queda otra opción que contemplarla sin poder hacerla suya aunque en cierto modo siempre le quedará un instante para invocarla.
  • Dos maléficas apsaras recorren insaciables el malecón, con sus movimientos incitadores atraen a íncubos y súcubos del fondo de la negrura y cuando ya los han congregado, excitan sus instintos para instigarlos a que conduzcan a las tinieblas a los resistentes que se lamentan ante el muro de su impotencia y fragilidad. Yo escapo porque prefiero las penumbras con desdichas antes que los abismos bienaventurados.

MOMENTO ESTÉTICO

Este dibujo de un autor anónimo me ha deparado ese “momento estético” del que hablaba Bernard Berenson, al referirse a él como el instante fugaz en que el espectador es un todo con la obra.

Pero además, él mismo sujeta nuestra mirada con la intriga que se desprende de unas formas que aparentemente no encuentran destino ni orden aunque hay ciertos indicios de que los buscan, con unas estructuras cuya carencia de un latido uniformador impulsan la dirección de nuestros ojos por cada una de las líneas y de las sombras.

Siento que mi capacidad de discernimiento está confusa ante la imposibilidad de percibir la entraña que hay detrás de una construcción que en su desorden guarda su propia identidad plástica, rica en vericuetos y rastros en un engranaje que no requiere más que un impaciente deambular por los intersticios que ocupan una contemplación desconfiada.

Este mar antillano, de nostalgias sanguinarias, sigue engordando a base de devorar hados sin estrellas. Insaciable, está a la espera de que un malecón despechado le haga soberano de los seres en fuga que lo pueblan para engullir con ansia insatisfecha sus ánimas. Y después únicamente vomita las que están condenadas a infiernos omnipotentes.

BRONZINO

Siempre me pareció fascinante esta pintura del artista italiano Bronzino, “Venus y el amor”, de la que brota una sensualidad acabada de despertar, simbolizada en una desnudez que contiene toda una declaración de intenciones y de deseos.

Tiempos del Renacimiento en que el hombre volvía paulatinamente a ser dueño y señor de sí mismo y sobre todo de aquellos placeres de la belleza y del cuerpo que él disfrutaba casi como un credo.

Y el artista era ese mediador que con su destreza y genio hacía realidad visible tales súplicas, recompensando así a todos los amantes del arte de sus trabajos dedicados a una devoción religiosa que quería monopolizar todo asomo de creatividad.

Y lo conseguían a través de la recreación clásica de mitologías y alegorías, que entonces, en la época de su nacimiento, formaban parte de una humanidad todavía no rota por un monoteísmo devastador de voluntades.

Hoy, casi no he podido reconocer a Manga Saya en el malecón, la vieja negra cimarrona del central Orozco. Está muerta aunque la presiento viva a mi lado. Era muy hermosa. Siendo joven, se escapó y se escondió en un palenque de la Sierra del Cuzco, en donde, junto a otro mayombero, Juan Gangá, se dedicó a curar a los que habían perdido la razón, valiéndose de las propiedades de la ceiba y de los efectos de la luna y el sol.

A mí me susurró que no me hacía falta más que la sombra de un ciprés y la leche de una ondina mulata que ya no fuese virgen, pero que guardase aún el furor de la pasión en el cofre del delirio. Y seguí renqueante mi camino, llegaba tarde a mi cita con los habitantes de la penumbra.

KUPKA

Frantisek Kupka llegó a París desde la entonces Checoslovaquia inmerso en visiones en las que la abstracción exigía ser ella misma a partir de un núcleo que la regenerase de toda impureza.

Ese volcán toma forma y consistencia, expulsa radiaciones de color que se van expandiendo en movimientos circulares y dinámicos, ingrávidos y etéreos, en hileras de humo y fuego que se nos acercan.

Recrea un clima que parece que nos va a succionar e introducir en un ámbito de energía cósmica, en el que podemos dejar que nuestra mirada flote y se diluya en estratos de luz inagotable.

Kupka fue un precursor injustamente olvidado al que un día habría que hacer justicia, si es que este concepto cabe en unas latitudes de epidermis tan voluble e ingrata.

Sigo siendo un vagabundo solitario en este infiel malecón que hoy me cuenta una fábula y mañana me abruma con su desidia.

Y de tan solitario me he hecho invisible, pues ni las nereidas mestizas me incitan con su desaire ni las sirenas pardas me dedican su canto. Menos mal que el ron alivia la penumbra de un insomnio que nunca cesa.

ART BRUT

Jean Dubuffet, al acuñar el término “Art Brut”, no pensaba en la institucionalización de una nueva teoría con la que dar a luz una manifestación artística que había germinado en ámbitos ajenos a los habituales. Únicamente reflexionaba en que el desvalimiento, abandono y desamparo tenían necesidad de expresarse, de dar vida plástica a la verdad de un universo huérfano.

Por eso, al producirse su irrupción, el desconcierto fue brutal, tan es así que todavía sigue dando lugar a ilimitadas dudas.

Dubuffet, a través de esta obra, nos obliga a posar nuestra reticente mirada en la verdad que se revela tras lo grotesco o irrisorio: una humanidad arrinconada en cuartos oscuros, en subterráneos invisibles, en guetos sepultados, y que, a pesar de todo ese abatimiento, trata de proclamar su propia existencia mediante una estética que le confiera un espacio donde crear.

Estoy encerrado en el taller en sombras de Humberto tal si fuese la caverna de Platón. Intento inútilmente escuchar los ecos de un malecón en plena fiesta dionisíaca, y procuro ver más allá los que fueron cayendo en el infierno del dolor. Pero el silencio y la ceguera no me abandonan, me han adoptado para que no me pierda en los laberintos habaneros de lo inconfesable.

PRIMER AUTORRETRATO

Como Acteón no había recibido sepultura, su espectro se entregó a la comisión de iniquidades entre la población. Consultado el oráculo de Delfos, éste ordenó que se le erigiera una efigie y se la colocara sobre la misma piedra sobre la que se manifestaba el aparecido. Una vez inmovilizada la estatua en ese lugar dejó de perseguir a los humanos.

Conocido este augurio, Víctor Argüelles, artista mejicano autor de esta obra, “Pespunte del primer autorretrato”, hecha en acrílico y costura sobre papel, se conjura a sí mismo para no seguir siendo su propia pesadilla aunque la ha padecido tanto que sería incapaz de pintar sin ella.

Al crear su propio espectro, deja que sea su dimensión plástica la que entenebrezca su pensamiento, que ha hecho de la costura y del medio tronco los lazos que miden las facciones de su propio destino.

Sugerente trabajo que compagina tinieblas incandescentes con un esbozo de geometría fosilizada, esta última amenazando a un rostro que grita cuando ya no le queda aliento.

A este maldito malecón ya no le quedan vaticinios ni profecías que ofrecer, sólo sabe decir mentiras con apariencia de verdades. Por un lado, la Noche, el Silencio, el Olvido; por el otro, la Luz, la Alabanza, la Memoria (Marcel Detienne).

Me retiro en soledad a la penumbra para que mis huesos no adviertan, después de tanto ron, que son rocas enterradas bajo el silencio.

VAGÓN DE TERCERA CLASE

Miles de trenes están en constante movimiento por todo el mundo. Ellos mismos son portadores de mensajes a través de los millones de vidas que transportan, pero también son los vehículos que en cada viajero depositan un poso de incertidumbre, de tristeza por lo que se deja, de melancolía por lo que se pierde o de alegría por lo que se reencuentra.

Honoré Daumier, artista francés pionero del expresionismo, en esta obra, “Vagón de tercera clase”, ha concentrado en el patetismo de esos personajes la pobreza y la sumisión a un destino cuyo fatal desenlace está decretado. Y que ha sido el mismo que tuvo la vida del pintor, asediado en sus últimos años por el abandono, la pobreza y la ceguera.

La atmósfera que irradia desde una oscuridad sin salida ilumina lateralmente la fatalidad de unos viajeros que denotan la carencia de una convicción de plenitud que, con el fluir del tiempo, se escapa de los hombres.

Memoria, diosa titania madre de las Musas y hermana de Cronos y Océano, ha olvidado a un malecón que arrastra una abulia de siglos y una desidia de centurias. Sobrevivir en la diáspora nocturna no es un itinerario que facilite el encuentro de dioses y hombres. Al faltar los espejos ya no nos podemos ver reflejados en aquellos.

Sin mi amigo Humberto soy incapaz de estilizar este mar antillano y de pintar su mente, ni siquiera el leve rastro de una gota de sal abrasando mi piel. Espero su vuelta en su taller con una pareja que habita el acero.