Mes: septiembre 2008

PÁTINA DE AMANECER

Ante la obra de Marsuka Dopazo, joven artista canaria, se corre el riesgo de incurrir en tópicos y aproximaciones ya manidas que no clarifican y no sirven para diferenciar. Ni tampoco le hace falta. Sus proyectos, ya busquen la síntesis abstracta de una emoción o el dibujo de una representación que transmuta una vivencia, guardan un vínculo directo con la materia que procura la forma y después con ésta última pues es aquélla la que se cierne sobre ésta y no al revés.

El sentido pictórico en ella permanece inmutable, es su señal de identidad, lo que conforma el designio antes de ser ente plástico, lo que es contexto antes de ser texto, después viene el desarrollo y entonces aparece la diversidad plástica.

Y es ahora cuando las ideas se entrecruzan, vivencia y experiencia se aunan, ensayo y propósito son uno mismo, pero es un proceso lento, que acude a un lado y a otro, que hay siempre una insatisfacción y un ansia por alcanzar esa meta en la que la magia de lo que se plasma tiene no sólo vida, no sólo una realidad plena, sino que ha llegado ya a esa visión que cubre el espacio en una dimensión que se trasciende así misma. Todavía no lo ha alcanzado aunque todo apunta a que puede conseguirlo. Y de ser así se producirá cuando definitivamente se desprenda de esa connotación decorativa que aún pervive y colorea el alma de su trabajo, que es como una saliva espesa que nunca acaba de borrarse.

Mi amigo Humberto y yo estábamos acuclillados en el dique hablando del estoicismo cuando un emisario del malecón vino a avisarnos de que nos amenazaba un peligro. Está bien, le dijimos, pero ahora es el momento de nuestro baño y nuestros largos tragos de ron, no vamos a cambiar de costumbres. Volvió de nuevo y nos dijo que estábamos condenados. ¿A qué?, preguntamos, ¿Al destierro o a la muerte? Al destierro, respondió. ¿Y los bienes? No se confiscan. ¡Ah, bueno!, entonces vamos a comer al cementerio una buena langosta y beber una copiosa cerveza.
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MANUEL ALCORLO

Manuel Alcorlo, artista madrileño, reivindica una realidad que no requiere una indagación plástica, se basta a sí misma para que la representación, no exenta de maneras barrocas, y hasta goyescas, tome una expresión directa y contundente, abarcando sátira y cuerpos oscuros y grotescos, sarcasmo y cromatismos que le son afines, método para ajustar las fuerzas que trascienden la imagen y versatilidad para tratarlas en una magnitud que rompe itinerarios ya hechos.
Pinta conforme se ve a sí mismo, burlón y sarcástico, dentro de ese escenario o como uno de sus personajes, y ha adquirido el aliento y el ansia de los que visionan el tránsito del pasado hacia el presente. Ya no tiene dudas y sí múltiples ecos sobre los que construir una imaginación en acto de crear presagios a los que la plasticidad le rinde culto. Él ha sabido atraer sobre sí estas señales para hacerlas factibles, para permitir que su soberbia y miseria, ambas ramas de un mismo árbol, desplieguen el encanto de su ejecución pictórica. Y una vez concluida esa empresa ya no sabemos si ha quedado dentro o ha salido fuera.
A mi amigo Humberto y a mí nos aconsejaron los augures que si queríamos volver a pasear por el malecón sin ser amenazados por los viejos arcanos, deberíamos someternos a las mismas prácticas a las que se entregaba Nerón para huir de sus remordimientos. A la hora del sueño profundo, cuando cesasen los ladridos de los perros, habríamos de ir descalzos por la escollera haciendo castañetas con los dedos para ahuyentar a las sombras; lavaríamos tres veces las manos en una fuente y después arrojaríamos una por una detrás de nosotros habas negras que tendríamos que llevar en la boca. Luego sumergiríamos por última vez las manos en el agua, golpearíamos un tímpano de bronce y conjuraríamos al fantasma para que abandonase el malecón.
Tuvimos que hacerlo a pesar de que lo considerábamos excesivamente extravagante y ridículo y que según lo llevábamos a cabo éramos objeto de la mofa y el escarnio de una orden de sacerdotisas mulatas consagradas al asilo de lunáticos y perturbados. Tuvimos que salir por piernas y pies para evitar que nos apresasen y nos recluyesen en un antro de santidad libre de pecado. Seguro que Dios no lo hubiese querido así.

PAISAJES DE FORTUNA

Antonio Guansé, artista español, se ha propuesto desde el inicio de su trayectoria invitar al espectador a que comparta el sentido, orden, magia y razón de un proyecto cargado con el son de un color múltiple que se transmuta en realidades que sólo sirven para ser soñadas.

Y así su obra se va tejiendo en un lenguaje y una trama que no revela sino que induce a traspasarla con los ecos dejados por formas cromáticas reconocibles. No podemos tocarlas pero sí acariciarlas con la mirada y si en silencio nos despertamos dentro de ellas, entonces sabremos que hay misterios que no se desentrañan, que deben seguir ocultos en su policromía constitutiva.

Hoy tampoco bajamos al malecón, instigador durante estas lunas de la celebración de naumaquias para que los muertos maten, en una parodia de combate, a los vivos. Y ya son demasiados los que van cayendo en un teatro propicio a la desolación y el hambre.

ARSHILE GORKY

Hay artista a los que se le atraviesa el destino y a pesar de ello construyen una obra donde dejan la huella inconfundible de su tenacidad y tozudez, de su asidero a la búsqueda de un portento que no ha de salvarles pero sí confortarles gracias a esa vibración de lo que nunca se piensa que pueda perecer.

Gorky, huyendo del genocidio armenio, llegó a los Estados Unidos, reinventó su identidad y joven todavía, cuarenta y cuatro años, se ahorcó, después de incontables y crueles sufrimientos (su estudio se incendió, se fracturó el cuello y tuvo un brazo paralizado temporalmente, contrajo un cáncer y su mujer le abandonó llevándose a sus hijos).

Este pintor, que absorbió magistralmente las tendencias y corrientes europeas de principios del siglo XX, creó su propia plástica reinventándola también, haciendo que fuese un presente diáfano sobre el que cimentar un futuro abierto. Y su consecución se logró a través de dejar fluir en el espacio del soporte seres o criaturas entre la vida y la inmaterialidad, entre lo que se oculta en nuestro mundo y lo que aparece en una realidad percibida en su misma dimensión ficticia, aquella que ampara una naturaleza que se desborda físicamente y pese a ello no es amenazadora sino una consagración de lo que pudo ser.

Mi amigo Humberto y yo no hemos bajado hoy al malecón, él es el que ha subido al taller a sentarse entre nosotros. Quería ron y ver sueños remotos en el lienzo que tenía enfrente y sin terminar. Si llegaba a contemplarlos nos ofrecería un tiempo muy breve para lavar nuestros males y pesadillas. Pero no le creímos y por eso seguimos, cuando se fue, despojándonos de la sed de todos ellos.

PARA ESO HABEIS NACIDO

Goya graba la serie de los “Desastres de la guerra” entre 1810 (él tenía entonces sesenta y cuatro años) y 1820, periodo en el que tiene lugar los siguientes acontecimientos:
Comienzo de la lucha de las guerrillas en España en 1810; aclamación de la República de Venezuela en 1811; promulgación por las Cortes de Cádiz de la Constitución española y derrota francesa en Arapiles en 1812; declaración de la independencia de Méjico e inicio de la difusión del romanticismo en Europa en 1813; abdicación de Napoleón en Fontainebleau, coronación de Fernando VII como rey absoluto y restauración de la Inquisición al tiempo que se echa el cierre a Universidades, teatros y periódicos en 1814; derrota definitiva de Napoleón en Waterloo y constitución de la Santa Alianza en 1815; independencia de Argentina en 1816; independencia de Chile en 1818; formación de la república de Colombia en 1819; y proclamación por Riego de la Constitución de 1812 en 1820.
Nunca una obra como esta serie ha sido el corazón y el alma de una humanidad atormentada y de una realidad histórica condenada a desgarrar el destino del hombre.
Nunca han proliferado tantos fantasmas en el malecón y con tanta hambre como estas noches en que sólo los ciegos ven. Mi amigo Humberto y yo tenemos que ofrecerles nuestro ron y huir, pues sus espirítus en sombra pueden devorar la escueta penumbra en la que nos cobijamos, resto miserable de una destrucción que no cesa.

MUJER

Jackson Pollock alcanzó la cima cuando realizó en 1.944 “Mural”, un óleo sobre lienzo de casi dos metros y medio de altura y más de seis de anchura (que acabó en una sola noche y un día), encargo de la coleccionista millonaria Peggy Guggenheim.

Sin embargo, esta otra obra, “Mujer”, realizada unos años antes, entronca más con las vivencias de un artista -rebelde, solitario, extraño, alcohólico y depresivo- cuya madre dominante y autoritaria ejercería sobre él un influjo agobiante y nefasto.

Admirador de la estética de los muralistas mejicanos Siqueiros y Orozco, este icono bárbaro, poderoso, opresor, violento y amenazador, es el medio que ha encontrado para expresar esa pesadilla nucleada en la mujer, ya sea amante, prostituta o madre, acompañada de sus propios engendros grotescos.

Una foto de familia en la que la monstruosidad es el engaño de la razón, la destilación de una alucinación que tiene en nuestra mente una revelación que después toma una realidad plástica, como una presencia imposible que se hace visible en esta pintura.

Él supo verlo, además de intuirlo, agrandarlo, formularlo con los tonos y formas adecuados, exorcizarlo con la fuerza de la materia que se rehace, se recrea a sí misma, y con la energía de un sueño que nunca termina.

Mi amigo Humberto, en nuestro paseo camino del malecón, me susurra que él, como Calígula, está enamorado de la luna pero es incapaz de atraerla a su regazo. Hazaña imposible, le digo. Y en ese instante quedamos helados y con la respiración erizada. Vimos como se ejecutaba a un parricida según la antigua ley romana: se le encerró en un saco de cuero con un perro, una serpiente, un loro y un mono, y luego se le arrojó al mar. Tiempos crueles e inexorables, pensamos.