Mes: octubre 2008

HOWARD HODGKIN / ALMA DE UN HOMBRE

Si según la creencia mágica partiésemos de la idea de que en el retrato se hallase el alma de un hombre, el poseerlo significa el tenerlo a tu merced. Cuando le infliges un daño a la persona, también se lo estás causando a su imagen.

En este retrato del pintor británico, Howard Hodgkin, es como si los sufrimientos, el dolor, y la angustia ante ellos, hubiesen borrado el semblante dejando únicamente unos mínimos ojos como huella y testimonio de ese padecimiento, de una tortura que ha humedecido el rostro de sangre.

En él no queda desvirtuado todavía ese trasfondo religioso de la identidad entre retrato y retratado, ese abismo que se hace más profundo a partir de los comienzos del arte,cuando nos comenta Plinio, se trazaron líneas en derredor de la sombra de las personas. O como en las leyendas tibetanas y mongólicas, que se concibe la sombra como un retrato en potencia que sólo espera que alguien lo plasme.

Mi amigo Humberto está desolado por lo que ocurrió con uno de sus cuadros. Era un encargo de un cliente que le pidió un paisaje tropical con un loro. Cuando fue a recogerlo, se quejó de la ausencia del loro en la tela, lo que mi amigo explicó diciéndole que éste había volado porque, sin darse cuenta, había dejado abierta la ventana. Y al final no hubo forma de que se lo pagara. ¡Qué caros cuestan esos errores!

MI AMIGO HUMBERTO EN LA ENCRUCIJADA

Al traspasar el umbral del taller de mi amigo Humberto, me encontré un gallo con sus patas empapadas en naranja encima de un lienzo. Me aseguró que lo había hecho Hakusai en Japón. Después imitó a Protógenes arrojando una esponja impregnada en rojo sobre la tela. El efecto obtenido era ininteligible y confuso, hasta el punto de que el ave galliforme no se reprimió en mear encima para imprimirle más nitidez.

Inconsolables y meditabundos, nos fuimos a dar un paseo y al llegar ante una pared mugrienta se puso a mear, diciéndome que Piero di Cosimo al fijar la vista en un muro lleno de vómitos, imaginaba batallas entre jinetes, extrañas ciudades y los paisajes más extensos nunca vistos. Y el pintor chino del siglo XI Sung-ti aconsejó a Ch’en Yung-chih que pintase un paisaje de acuerdo con las ideas sugeridas por un muro derruido, porque entonces el pincel seguirá el juego de la imaginación y el resultado será divino y no humano.

Pero los meandros dejados por el orín no resolvieron nada. Sería, supusimos, por su nula consistencia o demasiado aguados por la carencia de ron.

En esas aparece un agente de la autoridad y nos lleva, temiéndonos lo peor, ante el juez por considerarnos autores de un delito contra el patrimonio inmobiliario, pero el magistrado, ante nuestro asombro, se remitió a una célebre sentencia del rey inglés cuando Hans Holbein fue acusado: “Sabed, Señor, que, si quisiera, podría convertir a siete campesinos en siete condes pero nunca siete condes en un Hans Holbein”.

Y fue así como quedamos libres y con más empeño que nunca en trazar la silueta de las sombras en ese escaso amanecer en el malecón.

EL ARTISTA

La antigüedad clásica no atribuía un talento especial o singular a pintores o escultores. Según Schweitzer, “la posición social del artista en la ciudad-estado griega era aún muy limitada, caracterizada por la falta de independencia, la mitad de los derechos ante la ley y una estimación de su rango extraordinariamente baja”.

Los motivos estribaban en la condición manual de su labor y en la concepción platónica del arte como mimesis, o imitación de la naturaleza, un reflejo lejano del verdadero ser, que el arte intenta copiar como una segunda mano. Platón los consideró artesanos porque les faltaba por completo la inspiración divina con que contaba el poeta.

Es Plotino, ya después del siglo IV a.d.Cristo, el que ante una imagen de Zeus explicó que lo que tenía Fidias en su interior no era la representación del dios sino su propia esencia.

Tal afirmación facilitó el camino a una revisión del concepto de artista, llegando a equipararle a los poetas y pasando, igual que éstos, a ser protagonistas de sus propias biografías.

Finalmente, hemos de señalar que esta imagen del artista no se perdió del todo en la Edad Media y reapareció triunfante con el Renacimiento.

CARLOS CASARIEGO / SEGUIR DONDE LO HE DEJADO

Entre estas dos obras del artista asturiano Carlos Casariego media un tiempo de cuarenta años. Y sin embargo, las nociones subyacentes son similares que no idénticas.

En la primera muestra anida un concepto plástico por el cual la imagen, la representación, no vale por sí misma, porque no es completa, porque le faltan los rasgos vibrantes que él introduce, de tal forma que esa esquematización a partir de una gama cromática simbólica pueda transformarla hasta llegar a ser como la que propone, como en realidad debería ser bajo otros patrones más estéticos. El objeto pasa a ser trasfondo y el emblema (rojo, blanco y negro) el objeto, y la construcción una alegoría del poder.


Pero ya han pasado cuarenta años y la rabia contenida se postula ya sin referencias externas, sólo la emoción virulenta expresada a través de la fuerza del pigmento. El cuadrado negro intenta contener esa marea roja en un mar contaminado de azul mas es imposible. El pintor descubre que su evolución pictórica se llena de los mismo signos pero con otras texturas, otros significantes, que condensan casi una vida en formas que se desdicen para adquirir más significado.

Esta noche los murmullos del malecón están cohibidos. Han ahorcado a un esqueleto en una de las puntas. Mi amigo Humberto me dice que habrá más, que alguien sin culpa los sacará de sus tumbas para que ahí colgados no pasen hambre. Y nos fuimos, pues no nos atrevemos ni con el hambre ni con la justicia, sólo con la penumbra por cicatearnos el cobijo.

ISABEL COSIN / NATURALEZA LIBRE

Para Isabel Cosin, artista valenciana, la naturaleza no debe pintarse como lo que es sino como lo que parece. Y esta obra es todo un ejemplo de ello.

La conciencia teórica y estética está presentes en la plasmación de unas formas que a través del color dilucidan el perfil y la fisonomía de un paisaje que se inventa a sí mismo dentro de una superficie acuífera transparente.

Y este paisaje divaga por medio de la armonía de leves acordes, de acústicas en que se refleja una plástica lírica, de poemas arbóreos en busca de significados latentes en la nomenclatura cromática.

La mirada nada a través de esta sinfonía cuyo propósito se percibe a través de una danza que sea el origen voluptuoso de otras.

Entre el sol y la sombra mi amigo Humberto pinta incansable. No sigue ningún rumbo pero cuando se acerca al abismo retrocede. Y yo le digo que es necesario cruzarlo, de lo contrario el malecón ya no serviría para solventar las dudas, para acallar la rabia de los tiempos y el furor de los impíos.

PAULA FIGOLI / DESGARRÓN

Un velo queda rasgado por la tensión de fuerzas centrífugas (quizás son las propias manos del que usurpa un espacio ajeno), aunque la ligazón persiste a través de una atadura que quiere volver a reunir ambas partes, a restaurar lo desgarrado para que el enigma, lo que está oculto, siga estándolo.

Paula Figoli, joven e inquieta artista argentina, juega con la plasticidad de lo que se descorre para enseñarnos a ver más allá. Y en este caso, la cicatriz negra, quemada, con su costra mordida, queda al aire para mostrar un misterio que no ya no pretende serlo aunque siga sin ser desentrañado.

El himen se ha desflorado, la vertiente genuina del símbolo adquiere toda su dimensión y grandeza, y la catarsis es una piel machacada cuya sangre seca petrifica una geografía en la que la carne perpetra la traición involuntaria a la materia de la que está hecha.

Obra que concita visiones encontradas, mirada agudas ante un lenguaje de expresión dolida y en presencia de un elocuente sentido del sufrimiento en lo táctil y epidérmico.

Las fronteras del malecón no entienden de vida. Impiden la entrada cuando la exaltación es auténtica y no fugaz. Hoy, junto a la penumbra y debajo de ella, arribamos a sus límites y los traspasamos gracias a que no pudieron descubrirnos. Celebramos la gesta mi amigo Humberto y yo con una botella de ron salvada del naufragio. Y apoyados en el muro contemplamos en silencio los fantasmas de la desolación.

FRANCIS BACON

Tomándome la libertad de remitirme a una frase dicha por Schopenhauer sobre la raíz de la filosofía, que le dirigió a un interlocutor al final de su vida, diría que un “arte entre cuyas obras no se escuche las lágrimas, el aullido y el rechinar de dientes, así como el espantoso estruendo del crimen universal de todos contra todos, no es arte”.

Francis Bacon así lo entendió y así lo llevó al límite. Todo lo que hay que decir sobre él y su obra ya lo ha pronunciado él con harto dolor. A nosotros nos toca contemplarlo y hacernos eco de ello. Si el Bosco nos deslumbró con lo incógnito, Bacon nos asombró con la capacidad de crueldad, furia, ensañamiento y destrucción que guardamos en nuestro interior. No hay mejor testimonio que el suyo.