Mes: abril 2009

HENRI MICHAUX

No me había conocido ni me había visto ni me vería nunca. Pero Henri Michaux, poeta y pintor belga, declaró que yo estaba predestinado a ser pintado por él.

Reconocía que acudía a la pintura cuando era incapaz de expresar con palabras, versos o rimas, las obsesiones y desmesuras que le acometían. Yo era una de ellas porque habitaba en un malecón taciturno, vivía entre sombras y tinieblas y solamente la penumbra aliviaba mis amarguras.

Después de un periodo de vivencias nocturnas a las que sacrificó el espíritu del dolor, urdió mi retrato como el de un superviviente que renacía día a día del fondo del vertedero en el que se depositan los desechos de ese malecón infame.

Sobrevivía a base despojos, nunca me alumbraba la luz y recitaba salmos de amor y odio a la oscuridad. Y aunque me había rescatado del anonimato, no se lo agradecí pues la clandestinidad de la negrura era el único refugio para no perder la existencia.

Humberto y yo estábamos airados por no habernos permitido la entrada en la cloaca. Nos dijeron que se amparaban en el derecho de admisión para denegárnosla, lo que hasta entonces nunca había ocurrido. Ahora tendremos que caminar a la luz del sol y quedaremos ciegos, me increpó Humberto. Pero mía no era la culpa, había que buscarla en una religión intolerante que no transigía en que los sumideros fuesen un asilo para los habitantes del crepúsculo.

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JOSÉ ÁLVAREZ VÉLEZ O LA SINFONÍA LUNAR

La fortuna y un oído en Babia me han deparado el conocimiento de un gran artista vasco y de una obra que no debería pasar tan desapercibida en los momentos actuales ni nunca.

Si el vacío no se puede pintar porque no es nada, sin embargo, José Álvarez Vélez sí puede llenarlo. Y lo ha hecho inundándolo del color múltiple y vaporoso con el que llenar nuestros deseos de vernos disueltos en esos torbellinos que roban la luz de sinfonías inéditas.

Su obra abstracta es única y tan mortífera y hambrienta que te permite vivir de ella y con ella, sin que necesite dar aliento a que todo lo opaco se haga transparente y a que los cielos no tengan donde residir si no es en sus espacios.

Sus manchas cromáticas no nos remiten a vaivenes de resentimiento o muerte, violencia o dolor, sino a conciertos de vida mesurada y a arterias y venas dotadas de una densidad de resplandor y penumbra, de anhelos deshabitados de tinieblas.

Álvarez Vélez, muy celoso de su obra como él mismo me ha reconocido, lo que no es de extrañar, deletrea un lenguaje que ama la vida, que la pinta con la obertura de nuevas notas que le son orquestadas a partir de una claridad que en principio sólo se desnuda para él y que para él es el cofre en el que atesora todo su caudal de magia imperecedera.

En conclusión, una gran gran obra que debe volver a estar expuesta en espacios públicos para disfrute de todo amante del arte.


Humberto pinta en el malecón seres sin cabeza. Al preguntarle la razón, me contesta que a ellas las ha dejado fuera para que sigan susurrándole. No lo he entendido pero también comprendo que es difícil adivinar la confesión que se establece entre el artista y su medio en una escollera que únicamente alimenta a barracudas.

ROBERTO FABELO

En esta ocasión he de comenzar con dos frases de la versada y lúcida Chantal Maillard. La primera es casi básica: “sin duda, el componente didáctico del arte estriba en saber elaborar cosas que han de ser recibidas con una sensibilidad inteligente”. Y la segunda es más reveladora : “uno de los objetivos del artista del siglo XX era la de modificar la mirada”.

Y con tal pretexto nos introducimos en la obra del gran artista cubano Roberto Fabelo, para cuya contemplación no es necesario ningún prolegómeno más ni tampoco un soliloquio desesperado.

En sus esculturas (enormes recipientes llenos de huesos, de utensilio de cocinas, de casquillos de balas, de desechos, etc., además de sus cucarachas humanoides) descontextualiza objetos y significados para imprimirles la verosimilitud artística de otros, que a través de esa metamorfosis se erigen en una declaración estética en defensa de la tierra, en un canto a la conservación y preservación de lo telúrico, y una mirada implacable sobre una humanidad más inclinada a la destrucción que a su exaltación.

En sus pinturas, por el contrario, ese género humano y animal se configura con una crueldad tierna, como un grupo de personajes, diría que arquetipos, obesos, histriónicos, deformes, tal que miembros de un orfeón de mudos que les toca cantar con la más fea.

Por eso, esos cuadros de texturas cromáticas tan ajustadas a lo representado son acordes con una línea expresionista derivada de una intencionalidad marcada por una historia ya marchita, en que lo esperpéntico abarca lo grotesco y lo extravagante.

Sin embargo, sus dibujos, de una técnica depuradísima, guardan una simetría de belleza clásica y de fantasía helenística (se me ha venido esta ocurrencia de repente), desarrollados sobre la base de un escenario del que el espectador debe disponer imaginariamente para encontrar en él la razón de esa quimera hecha realidad plástica.

Ante nuestra miseria y falta de medios, Humberto y yo, hoy, repartimos miradas en el malecón. Algunas son secretas, otras misteriosas; unas, insinuadoras, las más, seductoras, las menos, incitadoras; aquéllas, extenuadoras, éstas, acuciantes y sospechosas; las mejores, las intensas, las peores, las desesperantes. Al final se nos acercó un enviado del malecón que furioso procedió a nuestra expulsión por ser unos pervertidores. ¿De qué? nos preguntamos.Y en silencio nos dijimos que ya no quedan dioses capaces de perdonarnos y permitirnos beber un ron de penumbra.

MIRTA BENAVENTE

Esta artista argentina, Mirta Benavente, que conjuga distintos imaginarios y corrientes, en estas obras nos ofrece una revelación cuyo color es la fuente de una naturaleza obligada a visitarnos. Una visita que hace que la raíz de su conocimiento resida en nuestra mirada.
Es una geología u orogenia que nos conduce por pasadizos y recintos interiores que ahora han encontrado el momento de manifestarse al localizar un cerebro que procesa y unas manos que ejecutan sabiamente el destello, las sombras, los resplandores, las tormentas, los vientos que iluminan, las tinieblas que atraen, los abismos de clausura.
Nos deja contritos con este fulgor e irradiación, cualidades inherentes a la coronación plástica de una naturaleza que preserva lo infinito y nos concede a cambio la limosna de lo finito. Mirta, con su indudable habilidad expresiva, ha robado algo de ese eterno, lo ha dotado de poder y después ha conseguido que el reposo preciso sedimente lo creado.
Un habitante nonagenario del malecón nos cuenta a Humberto y a mí la historia de su construcción. El primero de la saga omnipotente ordenó poner las piedras, y cuando se acabaron dispuso la colocación de más obligando a sus habitantes a la realización de horas extraordinarias durante los sábados. El que le sucedió, al terminarse de nuevo los cantos, mandó fusilar a la mitad de los habitantes y forzó a la otra mitad a poner unos nuevos. El siguiente, como se le agotasen de nuevo, exige que se desmonten los últimos y se instalen delante. Y, por último, el actual resolvió que le pusiesen abanicos y los habitantes estuviesen danzando constantemente encima de los hoyos y zanjas para que no se viesen. Hasta hoy. Nosotros, en lugar de bailar, salimos corriendo.

DANIEL SANTOS

A uno le llega la carcoma repentinamente y por un malhadado juego del azar, que se erige en un hecho definitivo cuando su cuerpo la alberga sin que pueda hacer de ella esa catarsis tan necesaria en el arte. La que le oprime y le disgrega es una hija famélica del tiempo que unas veces se llama diabetes y otras hipertensión, o acaso insuficiencia o incluso limitación. Total, se me han quedado podados unos cuantos rumbos y abiertos ninguno.

Y por eso hablo de Daniel Santos, artista cubano y habitante de Monterrey, que, en esta obra, abre el abismo de la individualidad, la que carece de límites, ese romanticismo que reivindicaba después de tantos siglos la recuperación del yo, y con el yo el simbolismo, la imaginación, la fantasía, la quimera, hasta el delirio.

El gallo, encarnación ancestral de la hombría y la divinidad, es el atributo fiero que tutela la representación de la belleza femenina en un apocalipsis de lava, fuego, montañas y árboles que se mantienen verticales en el aire como una alegoría de la unión.

Con esas extensiones cromáticas casi veladas que parece que cuelgan en un iris flotante, la representación adquiere la condición de un vasto sueño que según se mira alcanza la dimensión de una plasmación tan palpitante que es capaz de engañarnos mediante el sortilegio de nuestra mirada.

No falta ninguno de los elementos que conforman una plástica surgida de los oscuros recintos en los que guardamos sigilosamente nuestros mitos, y que este pintor ha extraído para confortarse y confortarnos con esa exaltación y erotismo, brindándonos, sin ser furtivos, los que habrán de ser riesgos seguros y no calculados .

El malecón ha oteado el horizonte y ha comprobado como avanza uno de sus grandes enemigos. Nos encarga a Humberto y a mí -desgraciada elección- la redacción de los boletines informativos referentes a este suceso y para conocimiento general de sus habitantes.

El primero anunciaba en grandes titulares: “El antropófago antillano está a punto de desembarcar en el malecón, dispuesto a sumirlo en una nueva oleada de sangre”.

Tres días después, sacamos otro que advertía: “El melifluo antillano continúa avanzando, pero se confía en su próxima detención”.

Horas después nos veíamos obligados a informar lo siguiente (comenzamos a asustarnos): “El antillano ha entrado en el malecón”.

Y el último no fue otro que: “Su Majestad Imperial y Real de las Antillas ha tomado posesión del trono que de derecho le corresponde”.

Creo que dimos una lección de periodismo nunca imaginada, pero no nos quedamos a verificar tal éxito, por si acaso no contábamos con su beneplácito. Salimos por pies, ya haríamos reverencias en otra ocasión.

JOSÉ BEJARANO ALEGRE

Hace unos días todavía, y una vez más, me quedaba atónito ante el tríptico de la crucifixión de Francis Bacon, y ahora, al hilo de esta introducción, recuerdo el gran dramatismo de la pintada por Antonio Saura.

En el caso de esta obra del argentino José Bejarano Alegre, la efigie queda convertida en un elemento paródico de la muerte (de ahí la eficacia de su efecto plástico) ateniéndonos a esas líneas negras que dibujan la anatomía de una osamenta que no sabemos si se está riendo de sí misma (¿podría hacer otra cosa?).

Muerte y crucifixión se han aliado siempre y ahora también para la configuración austera, inmisericorde y hasta salvaje de una leyenda que desde hace siglos nos encadena a una condición de condenados, cuyo icono, por el contrario, fisonomiza un espíritu de rebeldía creadora, que hace de la estética la celebración de un rito de liberación.

Este pintor consuma, con su agudeza para hallar la forma que mejor se encuadra en un imaginario que únicamente necesita ver y ya no entender, otra obra en que la resurrección no es posible pero la extinción, sí, especialmente si lo sombrío se canoniza junto con lo argentino y su sangre.

Hoy es día de tránsitos en el malecón. No hay descansos ni silencios. Humberto y yo aparecemos como auténticos indígenas en busca de nuestra miel aunque esté salada. Se fragua en los pechos de una sirenas mulatas y conserva el sabor de su piel. Acabamos tan ahítos que ya no pudimos movernos durante siete noches y por el día engullíamos sombras en busca de perdón.

ISABEL PONS TELLO

Nunca considero apropiado definir y concretar lo que por definición es múltiple, pero diría que Isabel Pons Tello es una artista catalana de largo recorrido, tenaz en sus meditados empeños y tatuada en sus ojos con las implacables arrugas del tiempo.

Es muy difícil abordar la obra de esta pintora sin incurrir en lo que ya se ha dicho sobre ella, aunque intentarlo es como seguir apostando por lo que ya es una realidad que ha desafiado la magnitud de sus propios límites.

No es antropocentrismo ni teología lo que talla en sus trabajos (asideros muy recurrentes incluso ahora), tampoco es doctrina ni axioma (a lo que no deberíamos tender nunca), es simplemente una subjetividad que encuentra señales, signos, manchas, huellas, vestigios, símbolos, marcas, cicatrices, indicios, surcos, residuos y rastros, para someterlos a una labor de significación plástica hasta que dejar que el cúmulo de esas rugosidades y pliegues vestidos con galas densas e intensas de hondo cromatismo, infunda a nuestras miradas las claves de un acontecer que se hace arte a través de la poderosa magia nacida de una técnica de comunicación intransferible.

El conjunto de estos incesantes trabajos comprenden y abarcan parte de una vida determinada en que si tiene que haber misterios o incógnitas continúen así, y si tiene que haber evidencias y manifestaciones se entiendan en su justa medida, contexto y dimensión.

Humberto y yo estamos hartos de aventuras y sólo queremos machucar los confines de un malecón que cada día nos asedia más. El rumbo no acaba de sufrir variaciones y con tanto mapache irrumpiendo por estos dominios no nos queda ni un instante de reposo sin tener que asistir a actos teatrales que se desentienden de la náusea para mirarse el ombligo. Sin embargo, nos quedamos y compartimos con los macuaches gotas de ron y una gramática parda.