Mes: julio 2009

GIUSEPPE SANTOMASO (1907-1990)

El artista italiano Santomaso hace de lo indescriptible quimeras, pues si fuesen descriptibles ya no lo serían. Y como tales ocupan espacios a modo de paisajes en los que en cada instante hay un nuevo fenómeno visual que toma vida y la bebe despacio.

Es una abstracción sosegada, serena, ensimismada en la manifestación de una extensión cromática habitada, a la que se le hubiese atribuido el culto de un poder mágico al que no se le hace juzgar sino amar.

En definitiva, es una pintura para vivir lo plástico en y con todos los sentidos, de tal forma que el espectador tome contacto con aquello que huye de descripciones y definiciones pero no de sensaciones y vivencias, que se adquieren al posar en ella la mirada.

Según Isidoro de Sevilla, le digo a Humberto, la belleza del mundo y el orden del cosmos testimonian la razón divina del universo. Y Humberto me contesta que nosotros, desafortunados, nos lo hemos perdido y ya no llegamos, pues ni hay belleza, ni orden ni razón divina, únicamente vemos fealdad, desorden y locura, y el que ésta sea divina o no es otro cantar.

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JENNY SAVILLE (1970)

Comienzo exponiendo que lo innovador de este hallazgo de “sección áurea” es que convierte la búsqueda platónica de la belleza en algo sublime porque sigue estando ahí una muestra indiscutible de esa fuerza dramática que impregna tal énfasis visual.

Y prosigo con lo que decían los antiguos griegos en cuanto a que el secreto de la belleza residía en la exacta proporcionalidad de todas las partes entre sí y con el todo, y que en el microcosmos del cuerpo se reflejaba el macrocosmos.

Quizás por ello la artista inglesa Saville se adscribió a este nuevo o viejo paradigma a partir del cual el sentido de la belleza invertiría el orden de lo estético: el microcosmos pasaría a ser en su trabajo el macrocosmos. Este dar la vuelta, este trastocamiento de la jerarquía y de la armonía, implicó otra delineación de la forma, con lo que la masa cárnica se hace inmensa, el cuerpo enorme y el formato se agranda hasta aplastarnos en él.

No hay imitación, porque como afirmaba Fedón por esa vía no se alcanzaría jamás la unidad, verdad y belleza del modelo original. Lo que hay es una metáfora visual que engulle una totalidad, que devora lo que vive y sufre, lo que nace y muere, la alienación y la locura, la razón perdida y la sinrazón recobrada.

Humberto y yo, en una madrugada de vientos en el malecón, hablamos de cuerpos y de un mestizaje que está en ciernes.No nos ponemos de acuerdo en que si la metamorfosis es anterior o viene después. Pero sí coincidimos en que no es importante en una isla cerrada a las hipérboles de la razón. También compartimos el pensamiento de que hasta el surrealismo caribeño es excesivo para los que hacen del silencio su pan.

CLAUDIO BRAVO (1936)

Hay pintores que no son de un tiempo o una época sino de todos los tiempos, que tienen en la pintura su actualización del ser día a día, que retoman la tradición y lo clásico para volver a pintarlo con otro pathos.

El chileno Claudio Bravo es uno de ellos. Es el artista que realiza y acaba lo que la realidad no puede o no llega a producir, el que poseído de una fuerza creadora imparable y un virtuosismo invisible pero subsumido, expresa un universo estilístico que inunda y transforma nuestra mirada casi en un vuelo metafísico sobre la inmanencia plástica, sobre la verdad ilusoria de lo tangible y la naturaleza real de lo intangible.

Las obras de este artista nos trasladan a ámbitos donde sentimientos concomitantes (como placer y dolor) conciben espacios en los que tiene lugar la percepción pictórica en toda su dimensión. Y quizás no sea suficiente pero es bastante, más que bastante.

Humberto me dice que este Malecón fosilizado no transmite ninguna vivencia estética, ya sólo le mantiene un discurso huero que no se sostiene. Yo le contesto que ya Aristóteles, en su Retórica, afirmaba que la verdad únicamente halla expresión de un modo relativo. Tan relativo como que nuestro augusto dios es imaginativo, inteligente, retentivo, justo, fuerte, moderado, sabio, de voz hermosa, apariencia agradable y de buenos modales. Y gracias a estas virtudes objetivas no ha lugar para los disidentes. Y por si lo relativo fuese más que relativo, nos callamos cuando lo vimos acercarse.

LEÓN KOSSOFF (1926)

Para Sócrates, el artista debía aspirar a representar la belleza interior, espiritual, que puede alentar en un hombre o en una cosa. Sin embargo, para el artista británico León Kossoff estos retratos habrían de ofrecer los demonios interiores que desde nuestra infancia tejen sus redes a lo largo de nuestra superficie corporal.

El fuerte empaste y la densidad cromática hacen de lo exterior una confesión cuya visualización nos aterra porque tal enigma o tales secretos o fuerzas no deben ser conocidos, no han de traspasar el umbral de la carne. Pero este autor se ha atrevido a ello, por eso en estas obras podemos rastrear indicios de angustia, cólera, ansia, y de vidas cansadas y hartas de esperar ese hálito que siempre está desaparecido.

Y también confía en que el espectador participe en esa percepción plástica, en que penetre en esas máscaras visuales y se defina en ellas cual si compartiesen el exhalar las mismas lamentaciones.

Humberto y yo llegamos al anochecer al malecón. Allí, en nuestra esquina, tratábamos de desentrañar el escaso mundo visible de la oscuridad, no porque estuviésemos en condiciones de aproximarnos a la verdad sino porque queríamos engañarnos con la mera apariencia. Esa era hoy nuestra concepción del arte, una caverna desde la que se observan espectros fugaces bailando. Mañana ya veríamos, seguramente entre ron y ron sería otra.

EILEEN AGAR (1899-1991)

En la británica Eileen Agar, artista asociada al surrealismo, se filtra paradójicamente un sentido del orden que contamina sus obras, orden nacido del ritmo y la armonía, elementos constitutivos del esqueleto de una indagación que se expresa en lo opuesto, en lo irracional y lo dionisiaco, pues es en el caos y el azar donde se alcanza el conocimiento de vida y muerte.

La riqueza cromática de sus obras, de tonos vivos y expresivos, se concibe como un microcosmos en el que hasta el desvarío alcanza un equilibrio gozoso, y aunque es una pintura de recorridos aparentemente fugaces y transitorios, los solidifica en aras a la conservación de ese fluido tan fértil que se propone como una función simbólico-representativa de una sociedad en lucha consigo misma y con sus sombras.

Humberto viene a mi encuentro en el Malecón cantando:
Las penas que a mí me matan
son tantas que se atropellan
y como de matar se trata……
El resto fue ya una bacanal de silencio.

JANNIS KOUNELLIS (1936)

Götz Pochat afirma que “el hombre tiene la capacidad, y la costumbre, de valorar también en un sentido estético, sin interés instrumental, los objetos de su entorno. Muestra una disposición a considerar el aspecto estético de las cosas”.

El griego Kounellis, encuadrado en el llamado “arte povera”, sigue este aserto fielmente, identificando, seleccionando y utilizando distintas piezas y materiales, casi siempre en desuso, en montajes que son la condición de un enfoque conceptual basado en una interrelación plástica entre propósitos, búsquedas y azares.

El espacio es un foro en el que nos introducimos con el fin de que el acontecimiento tenga lugar y nosotros, espectadores, participemos de su significación planteándole la nuestra.

La emoción y el intelecto son estimulados y provocados por unas experiencias y ensayos que nos circundan y engloban como elementos activos de ellos mismos, nos abren los ojos y por medio de su conformación excitan y suscitan cuestiones culturales y visuales a dirimir y sentimientos a experimentar.

La concepción y los efectos están dados, únicamente queda en suspenso el valor que en cada instante los que nos hemos involucrado le damos.

Humberto y yo, en nuestra esquina del malecón, hablamos de la dificultad de expresar sentimientos agobiados por vientos airados. Imágenes de vida y muerte se nos escapan, huyen, y las de fertilidad y susbsistencia se quedan yermas. No hay forma de interpretar el hambre y la sed que nos acosan. Y eso que sí que no se puede resolver.

ANDREW WYETH (1917-2009)

Enfrentarse al sentimiento de una naturaleza fría, adusta, a los habitantes huidizos que la pueblan, a la melancolía y aislamiento de esa unión, tan estrecha que no sabemos cuando empieza una y cuando acaban los otros.

El norteamericano Wyeth, con un bagaje pictórico a cuestas nacido de un sentido visionario del oficio, ha asumido y emprendido esa trayectoria y la ha encarado con una energía incansable porque la vivencia ya estaba coagulada, lista para configurarse en el ámbito de lo plástico.

Tonalidades sobrias y oscuras, espacios brumosos que se agrandan para dar dimensión a la crudeza de la soledad y retraimiento, cuerpos en movimiento o quietos pero abstraídos, desorientados ante lo que ven, esas superficies desnudas tanto en el exterior como en el interior.

El medido ajuste cromático nos introduce en una emoción silenciosa que no admite perturbaciones sino miradas densas, introspectivas, que trascienden lo puramente físico hasta inmaterializarlo en una contemplación que desde afuera se hace señal e incomunicación dentro.

El tiempo ha quedado en suspenso, se detiene con el fin de que lo que transcurra tenga la oportunidad de manifestarse en pensamientos que gravitan sobre sí mismos, cerrados en sus dudas, en sus indecisiones, deseando que la pintura sea su suceso, su acontecimiento.

Humberto y yo, al llegar a nuestra esquina del malecón, expresamos la convicción de que el azul de estas aguas está o se va quedando desnudo de tanto despojarle de su tinte. Lo vemos pálido, lánguido, sin energía, escondiendo su mudez, apagando su brillo. Habría que pintarlo de nuevo, nos dijimos, procurarle la vida que le falta, la libertad que necesita, el ron que reclama. Pero el mutismo que nos infecta no lo permitirá y entonces volveremos al negro aunque escupamos sobre él.