LEÓN KOSSOFF (1926)

Para Sócrates, el artista debía aspirar a representar la belleza interior, espiritual, que puede alentar en un hombre o en una cosa. Sin embargo, para el artista británico León Kossoff estos retratos habrían de ofrecer los demonios interiores que desde nuestra infancia tejen sus redes a lo largo de nuestra superficie corporal.

El fuerte empaste y la densidad cromática hacen de lo exterior una confesión cuya visualización nos aterra porque tal enigma o tales secretos o fuerzas no deben ser conocidos, no han de traspasar el umbral de la carne. Pero este autor se ha atrevido a ello, por eso en estas obras podemos rastrear indicios de angustia, cólera, ansia, y de vidas cansadas y hartas de esperar ese hálito que siempre está desaparecido.

Y también confía en que el espectador participe en esa percepción plástica, en que penetre en esas máscaras visuales y se defina en ellas cual si compartiesen el exhalar las mismas lamentaciones.

Humberto y yo llegamos al anochecer al malecón. Allí, en nuestra esquina, tratábamos de desentrañar el escaso mundo visible de la oscuridad, no porque estuviésemos en condiciones de aproximarnos a la verdad sino porque queríamos engañarnos con la mera apariencia. Esa era hoy nuestra concepción del arte, una caverna desde la que se observan espectros fugaces bailando. Mañana ya veríamos, seguramente entre ron y ron sería otra.

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