Mes: agosto 2009

MARCEL DUCHAMP (1887-1968)

Del artista francés Duchamp ya se ha dicho todo y de todo. Fue objeto de múltiples estudios y referencia imprescindible de las vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX.

Acaso sobre él y su obra no haya más que comentar o analizar, y hasta sería superfluo, excesivo y redundante el insistir, pero quisiera remarcar un aspecto singular: el que en esta figura hay dos hilos temporales que se pueden considerar contradictorios; uno, en que la vida es lineal y transcurre hora a hora y día a día dentro de sus propios cauces, sean los convulsivos, violentos y arrebatados de la época; y otro, en paralelo, por el que su quehacer artístico agota etapa tras etapa en momentos, se podría decir que hasta en instantes, consumiendo de forma rauda fases, periodos, ciclos, ocurrencias, cambios, sin llegar a detenerse nunca.

Su intención y objetivo era poner en cuestión el arte, mantener un pulso con sus límites, con lo institucionalizado, aparentando una provocación que tenía más de reflexión que de artificio. Lo cierto es que en unos años puso siglos de distancia con una estética con todavía resabios neoplatónicos o neonominalistas que se negaba a desaparecer.

Todo ello fue el resultado de sus presentimientos e intuiciones, que marcaron orientaciones, múltiples direcciones y nunca le parecieron suficientes. Éste sea tal vez su mejor epitafio, el de haber sido siempre un inicio, el final lo dejaba para otros.

ROLAND PENROSE (1908-1984)

El crítico americano Greenberg, descubridor del expresionismo abstracto, no tragaba al surrealismo porque lo consideraba una pintura académica que estaba fuera de la historia del arte. Incluso algunos de sus seguidores juzgaban que no era arte.

Esa referencia la recogía Arthur C. Danto cuando decía que si el arte puro era el arte aplicado a sí mismo, el surrealismo era prácticamente la encarnación de la impureza, interesado exclusivamente en los sueños, el inconsciente, el erotismo y lo misterioso. Tal fue la tesis de Greenberg, quien definía al arte en términos absolutamente formalistas y antimiméticos.

El artista británico Penrose es surrealista y sería por tanto autor de una obra viciada, adulterada, contaminada de elementos y rasgos que ensucian ese código de valores. Sin embargo, creo que se merece otro enfoque y análisis desde bases distintas, desde ámbitos que no anulan ni derogan sino que se formulan a partir de léxicos en que lo plástico se pronuncia con desarrollos abiertos, posibles y potenciales. Incurrir en dogmas y discriminaciones conduce a la legislación de una pureza de sangre inadmisible en marcos conceptuales en los que caben por definición maridajes, mestizajes y mixturas, cruces y conexiones. Se trataría de enriquecer, no de excluir.

El trabajo de este artista choca con lo anodino de una sociedad como la inglesa y trata de confrontarla con sus miedos y fantasías. El que lo haya o no conseguido no depende de unos mandamientos o prescripciones sino de los valores pictóricos que cimenta y transmite.

ÁLVAREZ VÉLEZ (1949)

Si la futilidad envuelve el conocimiento que tenemos de nosotros mismos habremos de agarrarnos a una sensibilidad que acceda a anclarnos en un yo que se abra a otros lenguajes. Por eso, llegado ese momento, me sumerjo de nuevo en la obra de mi amigo José Luis Álvarez Vélez, pintor y escultor vasco, para que no me someta a una estructura de pensamiento sino que me vitalice con la sensualidad de su ortografía visual.

Y esa inmersión discurre por unos trayectos de su obra en los que la poesía parece desvanecerse de tan tenue y vaporosa que es esa mutación de sentimientos, tal que una melancolía que anida en una morfología de manchas que amorosamente se desean, mientras en otros el rito se eleva hasta conformar bóvedas de trazos excitados, refulgentes, egos esclavos de su implacable espíritu lumínico. En sentido estricto, son sendas de una pintura que deja huella de un paisaje sueño que no tiene referencia más que en sí mismo, que es como decir que su consistencia va más allá del marco que lo contiene para fijarse en el horizonte que guarda nuestra memoria.

Por lo tanto, lo inane se quedó en otro hemisferio, yo rescato algo de la lucidez que quiero que siga formando parte de mí mismo y el artista celebra la energía cósmica que emana de esa luz que impregna todos sus lienzos. En definitiva, ha de ser el recurso legítimo ante el que acudir en amparo por la amenaza de los círculos estrechos de lo insípido y fútil siempre en pos de mendacidades errantes.

ODILON REDON (1840-1916)

Cuando hay una fuerte densidad de brumas en el exterior, la falta de visión más allá de nosotros mismos, que es lo que nos sirve habitualmente de aliento vital, nos fuerza a mirar hacia el interior, a buscar la luz que no hay afuera en los intersticios de dentro.

El artista francés Odilon Redon vivió y pintó en el seno de un aura introspectiva, y lo hizo con un caminar pausado, meticuloso, pero infatigable, asistiendo y participando en la recreación de lo que estaba sucediendo en niveles de realidad nunca sospechada pero sí premonitoria.

Odilon fue un pionero que actuó desde un silencio callado, explorando lo que quedaba por hacer y aún sigue haciéndose. Y su quehacer experimental constituyó una plataforma desde la que apreciar y sentir la cantidad y calidad de misterio que inconscientemente ocultamos, el mismo que él hace resurgir a través de su dominio plástico.

Ha sido todo un maestro con el que compartir el conocimiento de lo que continúa bajo llave, llave que guardan unos pocos privilegiados, además de romper los moldes puros de la estética de entonces con los impuros que no aceptan ni aguantan reglas ni reconvenciones.

PAULA REGO (1935)

Hay entornos en los que las realidades son demasiado espesas y turbias, tanto como que piden a gritos propuestas concretas y diáfanas que no detengan la herida a infligir si somos espectadores sin ser observadores. La artista portuguesa Paula Rego, en sus obras, nos acerca sus habitantes lo suficiente para comprobar que lo táctil que existe en ellos se rebela, no quiere ser el símbolo de lo que no se necesita para cerciorarse de una estética envolvente de lo que fue y no llegó a ser.

La figura de la mujer se debate entre una cruda apariencia visual que no ahorra una carnalidad vestida o desnuda participante en ritos y ceremonias del desvivir, y una definición plástica que hace del ropaje cromático una reafirmación óptica de lo que acaece dentro del marco del lienzo. El color es el espejo de una atmósfera enrarecida que contagia de desasosiego a los integrantes de un espacio cerrado, pequeño y precintado, que nos transmite a nosotros y que aglutina los elementos básicos de una fuente emocional que se remonta a la exaltación romántica del mito de la verdad.

Pero ya no hay mitos a la carta, le digo a mi amigo Humberto, hay incertidumbres, percepciones falsas o una pintura que no esconde la crueldad que subyace en la forma de representar la integridad de lo que no puede negarse. ¡Y quienes somos para negarlo!

FERNANDO ZÓBEL (1924-1984)

  • Azota una brisa que deja en suspenso el color de lo que quiere ser. El instante es fugaz, se desliza en tenues oleadas que se incrustan en las retinas, que las invaden con el propósito de fecundarlas con la vivencia excitante de la plasticidad.
    • Mark Rothko decía que nuestra experiencia tiene un alcance infinito, pero que al mismo tiempo sólo somos conscientes de una parte infinitesimal de ella. Zóbel, el autor español de estas delicuescentes obras, agranda ese infinito hasta casi poder tocarlo, palparlo, hacerlo parte de nuestra respiración.
      • El artista ha atrapado y condensado esa realidad que le rodea, ese caudal de emoción y trascendencia y lo ha hecho un flujo que mana en la superficie del lienzo como un céfiro que discurre disgregando y agregando formas, retazos de vidas que continuamente pasan camino de su difuminación definitiva.Zóbel no ha dejado, por tanto, que se le escape la verdad del magnetismo de un lenguaje que tiene en la sensación primigenia su razón de existir.

    • Hace tiempo que por distintas causas no comemos bien. Y para imbuirnos de la nada, mi amigo Humberto atisba durante horas el espacio pero no ve a nadie ni me cuenta de alguien. Es triste que esté perdiendo el olfato del mito de tanta subyugación a un Malecón yermo y despiadado. Yo le acompaño en el infortunio y en el ron ya que mi mirada tampoco sirve en el acomodo y sustentación de creencias imposibles.

JOEL SHAPIRO (1941)

  • Shapiro, artista estadounidense, quiso que lo etéreo estuviese habitado. Imaginarlo colonizado no era difícil, mas sí lo era el tomarle el pulso a lo volátil, fraguar la hechura de lo que ha de ser aéreo y cuerpo de danza.
    • Son creaciones ante las que el espectador se queda estático para que ellas puedan ser movimiento en un ballet de sonoridad silenciosa. Lo aéreo ya ha encontrado el momento de hacerse carne, de expandirse y manifestarse en la luz, de bailar con el ansia acumulada de tanta vida aplazada.
      • El artista disfruta convocándonos a un paseo inmóvil en medio de una coreografía de formas mudables invitadoras de la exaltación. Nosotros aceptamos la llamada y nos sumamos a ella disfrutando de la placidez del baile.

      • Mi amigo Humberto y yo ensayamos por el día mímica. Y por la noche, el gesto. El Malecón desconfía pero ya es tarde para conciliar afectos.