CARMEN LAFFÓN (1934) / MEMORIA CON LA QUE IR VIVIENDO

¿La inexistencia de una teoría convincente aboca a la falta de algo crucial? ¿Y quién certifica  su validez? ¿O por qué ha de ser crucial?

De todas formas, para hurgar en la obra de la sevillana LAFFÓN no es imprescindible más especulación que una mirada llena de silencios vivos, de significaciones genuinas, de sapiencia innata y de memoria perpetua.

Los espacios en los que transcurre esta introspección plástica se piensan a sí mismos antes de que se den a conocer, son entes investidos de la poesía de una plástica clara, luminosa y despojada. Alienta en ella  un espíritu sedente, etéreo en lo que describe y grave en lo que despunta.

Esta autora convierte la sensibilidad en un universo de sensaciones que funden naturaleza y evocación, destilación y verso en trance, inmóvil en lo que tiene de definitivo y eterno.  Es una pintura que sintetiza la metamorfosis del entorno, la piel y sus conjeturas,el deslizamiento del creer cuando se hace magia con el sentir.

Desde esos horizontes o pequeños lugares empezamos a ver lo que habíamos invisibilizado de tanto pisarlo y utilizarlo como apeadero de días de recuento, que van muriendo sin la luz que queda después del tránsito mudo.

Podríamos hablar de esa gama que está en permanente duermevela, a la espera de alumbrar,  pues no necesita dilucidar lo que ya está convidado a quedarse en vigilia fehaciente.

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