STUART BRISLEY (1933) / ¿LO CELEBRÁIS CONMIGO?

Escribe Arthur C. Danto que una definición filosófica del arte se debe formular en los términos más generales posible, para que todo aquello que alguna vez haya sido o pueda llegar a ser una obra de arte entre dentro de sus límites.

Sea oportunista o no, es una fórmula admisible si partimos de la base de que dado que cualquier cosa puede ser una obra de arte, el futuro bien podría depararnos sorpresas.

Pero si para los artistas hoy todo es posible, creo, no obstante, que se necesitan ciertos imperativos éticos, ya ni siquiera estéticos, que impongan barreras a consideraciones o apreciaciones como la del compositor Karl Heinz Stockausen, al declarar que el ataque terrorista del 11 de septiembre había sido la mayor obra de arte de todos los tiempos.

Todo este apartado preliminar viene a cuento del inglés BRISLEY y sus instalaciones y perfomances. ¿Millones de basuras en una atmósfera turbia y flotante? ¿Dos horas al día en una bañera llena de carne podrida y agua fría?

Desechos, excrementos, despojos, sangre, residuos, detritos. Él en medio, manipulando, colocando, clasificando o descifrando. O sumergido, o torturado, o desfallecido y yerto, o derrumbado y desfigurado. Las facetas sucias y humillantes que vemos y rechazamos, el repudio de la indignidad de lo que hemos considerado una belleza cómoda y suntuosa por la defensa de una estética de lo inmundo, hediondo y cochambroso, que asciende a categoría de un breviario plástico de lo humano.

Kant escribía que lo que provoca asco no puede representarse de acuerdo con la naturaleza sin destruir la satisfacción estética. Y Jean Clair se refiere al arte contemporáneo como una nueva categoría estética compuesta de repulsión, abyección, horror y asco. Del gusto, remachaba, hemos pasado a la repugnancia.

Sin embargo, podríamos entender a Danto cuando manifiesta que si los críticos aplauden el uso de lo repugnante no es porque vayan a acuñar una nueva estética sino porque aceptan ese uso por parte de los artistas con el fin de provocar sensaciones contra las cuales luchamos.

No obstante, puestos a establecer una perspectiva escatológica, quizá sea la adecuada al momento y lugar concretos, a la sinrazón de no haber otras razones que las que la acción desarrolla conforme a una trascendencia que está más cerca de la marginación que de su concepción finalista.

Los muertos no tienen nacionalidad. Y su arma terrible es enseñarnos sus cuerpos despojados, sus cuerpos desnudos de vida. No son sólo los muertos más mediatos, sino también los más remotos (Alberto Vigil-Escalera).

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