KATSURA FUNAKOSHI (1951) / DOBLEGAR RESISTENCIAS

¿Dónde nos sitúan estas morfologías? ¿Superan el nivel normal de la humanidad, como diría Joseph Conrad? Lo cierto es que cada día, cada minuto, cada segundo se traspasan y se vulneran ámbitos que parecían muy seguros, muy resguardados. Y es que el arte existe para convalidar esas transferencias, para evidenciar  que las transgresiones, bien halladas y concebidas,  configuran opciones físicas y visuales que conceptualmente articulan claves de nuestro devenir.

En el caso del japonés FUNAKOSHI la carcasa anatómica toma derroteros imposibles y sin embargo se nos hace inteligibles en un esplendor envolvente que rezuma un erotismo que está por nacer.

Para la mirada es un conjuro pletórico de alusiones, de referencias, de tentaciones. Para el intelecto un entendimiento centrado en cómo la forma y el objeto organizan una intrincada madeja en la que juega todo, y las apuestas cada vez son más altas.

En estas piezas también se asienta un ceremonial litúrgico, divinizador, que es la manera irónica y pagana de que la leyenda hermafrodita se haga materialmente presente como una eyaculación adivinatoria.

 Mi vida se va cayendo

como nieve mal cuajada.

No siento odio, ni amor.

No quiero atardecer, ni alborada.

(Alberto Vigil-Escalera).   

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