Mes: marzo 2011

CARLOS MORAGO (1954) / NO SE PUEDEN COMETER TRAMPAS CON LA MEMORIA

No comencemos con una búsqueda si no esperamos la revelación de un secreto. Si éste no está ubicado, no importa, se desprende de la memoria y de su soledad.
En la pintura del español MORAGO asoma la intrascendencia del rincón de cada día, ése que a la vejez, al transcurrir sin promesas, apenas le da luz y vida. Percibimos, entonces, una frialdad asombrosa, única, a la que cabe un aura perniciosa.
Es posible que sea una obra cargada de lirismo, de una intimidad impoluta y sabia, bien acuñada, pero dentro, acechando, anida ese secreto mortal, devastador, que ofrece la sombra luminiscente de un final cansado, roto, preso del desamparo de unos personajes invisibles que todos podemos conjeturar.
Rasgos de una plástica que no es incipiente, mas está ahí porque cruza por los espacios que recordamos inhóspitos y ácidos, si bien jamás abandonamos por ser cenizas de nuestro destino.

Esa primavera que nace de las venas de los árboles,
esas cabezas florecidas en rosas negras
son aguas para mi pecho.
Tierra seca, árida y amarilla como labios agrietados y sin besos
antes.
Ahora bailaron las nubes al son
de músicas recién nacidas,
apenas vestidas con pañales de estrellas.
(Alberto Vigil-Escalera).

GIUSEPPE GUERRESCHI (1929-1985) YO NO LE HAGO CASO A NADIE

No dejemos que el espacio sea roñoso, poblémoslo al mismo tiempo de encuentros idolátricos y de sus propios enigmas.
Hagamos que las piezas no encajen al principio, pero después, según las vayamos viendo y procesando, integrémoslas a fin de que adquieran resonancias visuales de lo vivido y acontecido.
En realidad, es una lucha plástica para que un lenguaje personal cubra un entorno de verdades del caminar de hoy, sin que ello obste a que su constitución vaya acoplándose con misterios vivos en la forma y el diseño, en la realización de una ficción cuya sustancia es la longitud que, adentrándose en esas obras, alcanza la comprensión de la mirada.
Parece como si el italiano GUERRESCHI hubiese oído a Kirchner:
“El pintor transforma en obra de arte la concepción de su experiencia. Con un ejercicio continuo aprende a usar sus medios. No hay reglas fijas. Las reglas para la obra se van formando durante el trabajo, a través de la personalidad del creador, la manera de su técnica y el argumento que se propone….La sublimación instintiva de la forma en el acontecimiento sensible es traducida de impulso”.

Pintar es descubrir a cada paso que todo forma parte de una ciencia
que aspira a la verdad, no a la apariencia,
por más que esa verdad no exista acaso.
(Carlos Marzal).

GIUSEPPE ZIGAINA (1924) / CONCILIANDO VOLUNTADES

Sobre la base de que el color expresa algo por sí mismo (Van Gogh) y que una de las claves modernas de la pintura es su uso psicológico, hasta violento incluso, el italiano ZIGAINA emprende una aventura que informa bajo lo deforme.
En su obra se oculta para ver mejor, se desestructura para configurar lo que no admite, lo que conjuga el tema y el asomo del fenómeno.
Por delante expresa, más atrás confiesa y bajo la súplica del espacio grita y grita hondo. El gesto es incontrolable si no media la detención de un poema a medida.
La razón es enemiga del arte, según Ensor. Los artistas dominados por ella pierden todo sentimiento, el instinto potente se debilita, la inspiración se vuelve pobre, el corazón carece de impulso. Pues bien, en el caso de este artista, hay sentimiento, instinto, inspiración y corazón. Esperemos que no los pierda, que es la forma de que la obra de arte exista sólo y por sí misma.
El subconsciente del hombre, continuamente bombardeado por la fuerza de la gravitación de la muerte, se desintegra, y la liberada energía se traduce en actos vitales (Alberto Vigil-Escalera).

GRANT WOOD (1891-1942) / UN PAÍS DESNUDADO


Casi no logramos abarcar ese paisaje roturado entre hondonadas calibradas, en perspectivas geometrizadas que alinean tierras fértiles y parceladas con un sentimiento bucólico.
Sus habitantes, metafóricas franquicias de la visión rural norteamericana, aparecen como el trasunto renacido de un Van Eyck, como la gloria inconmovible de la gestación de una nación.
El movimiento regionalista estadounidense quiso rescatar lo que consideraba una pintura esencial autóctona para que un pueblo llegado en oleadas la entendiese y supiese captar, como si en ella estuviese fraguada el origen de una patria con historia que celebrar.
En WOOD prima la mesura, la definición compacta, un dibujo diseñado firmemente conforme a un plan premeditado, con un color configurado como una estructura, como insignia y símbolo, conjugado con una calma idílica que sostiene la representación en esas exactitudes de exaltación ideológica.
Fue un frente contra lo importado como extraño, ajeno y desarraigado. Él también lo era aunque de signo diferente y con horario cerrado.

La vida es intensamente amarilla como una manzana que fuese cortejada en primavera y en invierno poseída (Alberto Vigil-Escalera).

ORLAN (1947) / BLASFEMO CUANDO ME OPERAN


La francesa ORLAN hizo de la cirugía un nuevo lenguaje plástico, porque entendía que una creación verdadera debe simultanear pensamiento, cuerpo y la última técnica.

Tomó su organismo como su espacio de experimentación en base a asimilar que es una noción compleja sujeta a cambios de medios y en función de grados de civilización.

Pero hay otra faceta que emite en clave de provocación, de imágenes supuestamente blasfemas, de poner en solfa creencias, códigos y convenciones arraigadas que considera alienantes y castradoras.

Es una Santa Teresa que interpreta la cruzada al revés, el éxtasis como una operación a plazo fijo, las cruces como símbolos del antipoder quirúrgico y estético, y todo ello no sin haber roto antes con la biblia del buen obediente y asistente.

El protagonismo no puede ser más que suyo, tanto como que le da igual absolutamente lo demás, excepto quizás la recíproca relación entre forma y materia al ser ella las dos cosas, y más si hubiese.

La verdad es que me quedo con la referencia a propósito de Strindberg cuando escribió:
“Se nace sin venda en los ojos, se ve la vida la vida y los hombres tal como son……Y es preciso ser una bestia inmunda para prosperar aquí en la basura. Cuando uno se ha visto a sí mismo se muere”. De momento esta artista no lo hace.

Baudelaire comentó que todos los imbéciles de la burguesía que mencionan sin cesar las palabras inmoral, inmoralidad, moralidad del arte y otras necedades, me recuerdan a Louise Villedieu, una prostituta de a cinco francos. Una vez que me acompañó al Louvre, donde nunca había entrado, empezó a sonrojarse, y a preguntarme cómo era posible que se expusiera públicamente tales indecencias.

ARS SIMIA NATURAE




Estas obras de DANIEL SUEIRAS vienen a colación de una controversia que, iniciada en la Antigüedad, se traslada a la etapa medieval y después al Renacimiento.

La concepción platónica de la Idea como esencia real per se, negaba la facultad creadora en el sentido estricto de la palabra. La Edad Media, representada fundamentalmente por los escolásticos, tomaba como base tal axioma para desarrollar su comparación del arte con el mono (lo que se cree que fue acuñado originalmente en la Antigüedad): no son imágenes auténticas de la propia naturaleza sino que, por el contrario, al limitarse a imitarla “como un mono”, permanece en muchos aspectos inferiores a ella.

Es decir, que eran representaciones artísticas no totalmente adecuadas, porque no responden a la naturaleza (así se llega al Simia Dei, denominación del diablo).

Pero sobrevino el Renacimiento y transformó la comparación del mono en una alabanza de la verdad artística, porque la misión del arte era precisamente ésa: la imitación inmediata de la verdad. Ya Leonardo proclamaba que la pintura más digna de elogio es aquélla que tiene más parecido con la cosa reproducida. Y remachaba que el que no ama la pintura hace agravio a la verdad y la sabiduría.

No obstante, he de hacer la observación de que nada más lejos del artista que haber mediado en la cuestión, ni mucho menos. Pero también es cierto que sus simios -tan modosos, recatados, elegantes, discretos y educados- deberían formar parte de un coro angélico dada su divinidad verdadera y manifiesta. Magistrales.

Y a todo esto a Renoir se le atribuye esta conclusión que puede pasar por la primera declaración posmoderna:
“Yo pinto con la polla”.
¿Podría ser verdad? Los antropoides, tan sabiamente pintados por este artista, quizás no lo aclaren.

SAMUEL SALCEDO (1975) / EGOS ARTIFICIALES

  • No es tan difícil mirar la obra del catalán SALCEDO si apelamos a Van Gogh en aquello que escribía:

 

  • “Mi gran deseo es aprender a hacer deformaciones, o inexactitudes o mutaciones de lo verdadero; mi deseo es que salgan ya a flote, si se quiere, también las mentiras que sean más verdaderas que la verdad literal”.

  • Y tampoco es tan impermeable si nos atenemos a lo que afirmaba De Sanctis: ” el saber encontrar la expresión más completa de la cosa existente”.

  • No hay interpretaciones absolutas, ni siquiera racionales, pero sí que se produce una alteración de nuestro entorno al transformar nuestras percepciones, lo que nos confiere, en calidad de espectadores, energía, orientación, sentido participativo y la angustia por el pensamiento de no pertenencia posterior.
  • El artista encontró la materia y la definición adecuadas y nos transmite el conocimiento acerca de cómo  observar y discernir el mundo que nos rodea (John Dewey). Así lo divisamos y así lo sentimos.
  • Se oía a sí mismo como una calabaza hueca y seca que suena discordante al remover de sus semillas. Y eso era lo que le dolía: el polen ni fecundo ni fecundante (Alberto Vigil-Escalera).