CARLOS MORAGO (1954) / NO SE PUEDEN COMETER TRAMPAS CON LA MEMORIA

No comencemos con una búsqueda si no esperamos la revelación de un secreto. Si éste no está ubicado, no importa, se desprende de la memoria y de su soledad.
En la pintura del español MORAGO asoma la intrascendencia del rincón de cada día, ése que a la vejez, al transcurrir sin promesas, apenas le da luz y vida. Percibimos, entonces, una frialdad asombrosa, única, a la que cabe un aura perniciosa.
Es posible que sea una obra cargada de lirismo, de una intimidad impoluta y sabia, bien acuñada, pero dentro, acechando, anida ese secreto mortal, devastador, que ofrece la sombra luminiscente de un final cansado, roto, preso del desamparo de unos personajes invisibles que todos podemos conjeturar.
Rasgos de una plástica que no es incipiente, mas está ahí porque cruza por los espacios que recordamos inhóspitos y ácidos, si bien jamás abandonamos por ser cenizas de nuestro destino.

Esa primavera que nace de las venas de los árboles,
esas cabezas florecidas en rosas negras
son aguas para mi pecho.
Tierra seca, árida y amarilla como labios agrietados y sin besos
antes.
Ahora bailaron las nubes al son
de músicas recién nacidas,
apenas vestidas con pañales de estrellas.
(Alberto Vigil-Escalera).

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