JEAN-OLIVIER HUCLEUX (1923) / NO ME HE DECIDIDO POR NINGUNA DE ESTAS TUMBAS

Las hago de dos metros por tres durante meses y años, sin dejar un detalle, “en una minuciosa y extraña liturgia del agotamiento de una imagen” (Bernard Lamarche-Vadel).
Y no encuentro la que me conviene a pesar de haber pintado tantas y con tanta perfección para que sean yo mismo en el seno de un reverso luminoso, floral y con epitafio lírico contra la mortalidad del tiempo.
Me paso ocho horas corriendo cada mañana y todos los días, imaginando la parsimonia de la losa, si mausoleo o simple sepultura, si nicho o fosa. ¡Qué infinitud de lápidas!
El francés HUCLEUX, lupa de joyero fijada en el ojo y con un pincel de pelo único, se enfrenta en soledad al trazo de todo lo imposible que se hace posible en un trozo de suelo, pensando en el sarcófago y cortejo, en una inhumación tan real como ilusoria, que al colgarse se deja abierta y ya nunca se cierra por si es necesario dar la vuelta; siempre queda una mortaja que cambiar, un pitillo que fumar o un pecho mulato que tocar.

Maravilloso mar el de la muerte.
Tocar el fondo, al fin, tocar el fondo. No hender las olas en que hoy me escondo,
sino hacer pie pisando, ahondando fuerte.
(Blas de Otero).

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