ARNOLDO ROCHA-ROBELL (1955) / IMPEDIR EL OCASO

Bajo esos delirios sin desarmar, “el arte es siempre lírica, o si se quiere, épica y dramática del sentimiento ” (Benedetto Croce).
En el caso del portorriqueño ROCHA-ROBELL, camino sin preguntar e imagino, tal es la fuerza del follaje y la boscosidad humanizada, vehículo de la simbiosis entre magia del saber de la savia y el culto impenetrable.
Pintura que hace de lo esotérico un lenguaje de fulgor, síntesis espiritual, un color que se niega a ser una incógnita aunque se mantenga en los límites de lo evidente y lo oculto.
Sin encerrarse en un cosmos tan sucinto, confiere a su forma configuradora un resplandor, que es el que marca la señal y el fondo de una obra que sin esa reverberación deambularía ciega, invisible, no accesible.
Pero no ha sido así, el fenómeno visual, plástico, ha tenido lugar y con él la culminación de una representación que tiene la clave del ser caribeño en el tiempo.

Escribe y sueña entornando
los ojos. El que así escribe,
está en España penando
y pensando en el Caribe.
(Blas de Otero).

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