JEAN MICHEL ALBEROLA (1953) / LA LECTURA PINTADA DE FRONTONES

Cuando se suponía que el arte de hoy era el fin de la estética feliz, “en nombre de una libertad excéntrica, pornográfica, conceptual, se instala un nuevo academicismo: el academicismo de la tecnología, el arte del motor” (Paul Virilio). Las nuevas imágenes de producción técnica pretenden aplastar a las otras. Pintar se considera un comportamiento inadmisible, casi cobarde (Enrico Baj).
Sin embargo, el francés ALBEROLA no ha renunciado, para él la pintura guarda todavía fuentes inagotables, que requieren, eso sí, una formulación más penetrante, cohabitando los caracteres más formales con los fondos más herméticos.
En sus trabajos podemos apreciar unas experiencias generadoras de formas incompletas, asomadas a unas ventanas que tienen dudas sobre sí mismas, sobre lo que representan e informan. Acopian auras sin emitir reflejos.
También desean transmitir signos desde huellas, manchas grandes que vivaquean, ni luces ni sombras, señas en todo caso que quedan bailando en el soporte.

Culminar, además, con palabras lo que sigue estando, pretendiendo vivir en la mirada cargada de incertidumbres abiertas y que lo estarán así porque no hay claves de respuesta.

En definitiva, una plástica sin contornos domeñados, sin interrogatorios ni sentencias, producida entre situaciones de misterio, fabricada para la sonrisa del ojo, la ironía del tiempo, el deslumbramiento de la emoción ahogada, seca, mal alimentada.

Murió mi eternidad y estoy velándola (César Vallejo).

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