TONY CRAGG (1949) / RECINTOS EN SILENCIO

Escribe Fumaroli que el arte contemporáneo (que hay que tener cuidado de distinguir del arte de hoy, que no se muestra ni se ve) es una entidad fiduciaria concebida, promovida y consumida por un reducido club mundial.
Algo de cierto si que hay en esta apreciación, aunque me resisto a creer que un espectáculo como la obra del inglés CRAGG no sea de la complacencia de cualquier tipo de espectador.
Esos torbellinos que se enroscan y suben hacia lo alto en zigzagueos, o esas formas aladas que se rigen por una naturaleza de una organicidad espuria, más auténtica que la original si cabe. O esos reptiles plateados o esos cilindros verticales u horizontales. Todas estas piezas están ideadas conforme a un espíritu que nada suelto, se divierte arriesgando y apostando, se aventura en el espacio para hacer de él su hábitat, incubando unas condiciones geofísicas que nos permitan protegernos y rehabilitarnos.
Y además el entorno es como si se acoplara a los efectos de estas formas, lo tuvieran como un elemento que conformara cada obra resultante después de tanto tiempo, el que se tarda en volver y regresar, en ir y crear para morir a su alrededor, acariciado por la templanza de esas formaciones que a cada momento están más vivas.

Un enjambre copula en la sangre.
(Giuseppe Ungaretti).

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