GEORG HEROLD (1947) / LA SONRISA DEL FAUNO

Ya no nos sorprenden ciertas declaraciones, como la del artista Jonathan Meese asegurando que al arte no le hace falta ni contexto ni historia. Por eso me asalta la ira cuando alguien intenta explicarme qué es el arte.Eso no lo sabe nadie, y no es malo que no lo sepamos. Es una de las pocas áreas misteriosas de la vida.
Y no nos sorprenden porque nunca más que hoy en el mundo, la globalización, la tecnología, las tensiones, los conflictos y sus desórdenes, así como el ansia de renovar, de algo nuevo, irrumpen en el arte contemporáneo y de alguna manera lo hacen, según lo apreciado en su conjunto por Marc Jimenez.
Pero si nos atenemos a los criterios de referencia establecidos por Rainer Rochlitz para determinar el valor de una obra de arte como la del alemán HEROLD, ésta los cumple con exactitud y eficiencia conforme a ese patrón.
Brinda una efectiva coherencia, un consumado y pintiparado propósito y una original (y actual) puesta en escena.
Esos muñecos y formas articuladas de madera, algunas incluso pintadas, encierran un encuentro peripatético con el perfil con el que jugamos, suspiramos, bailamos, cedemos y aullamos.
Para unos son fantoches que quieren ejercer de amantes con la mirada, para otros son marionetas que dictan tropos en el silencio animado de un cubo vacío.

Siempre que nos topemos con ellos el saludo ha de ser un gesto que les cautive pero no los desarme, les despierte para el desayuno y los ejercicios del fin del mundo. Mas no nos dejemos llevar por sus movimientos pausados, dulces, no sea que nos sustituyan y nos depositen en un barrizal de escombros.

Todo periódico, de la primera a la última línea, no es más que un tejido de horrores, guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, delitos de los príncipes, delitos de las naciones, delitos de los particulares, una borrachera de atrocidad universal. Y es este desagradable aperitivo con el que el hombre civilizado acompaña su desayuno cada mañana. Todo en este mundo exuda el delito: el periódico, las paredes de las calles y el rostro del hombre (Baudelaire).

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