COSIMA VON BONIN (1962) / DÉJAME SITIO

Estoy de acuerdo con Yves Michaud en lo que respecta a su tesis de la cultura de zapping: “en las actuales democracias liberales cada uno expresa sus preferencias y es libre de afirmar lo que quiere sin tener que atenerse a dogmas, teorías, análisis, críticas, códigos, estéticas, etc”. Ni caben deferencias ni reverencias, añado yo.
Y en ese aspecto la obra de la keniata VON BONIN provoca y descubre todo tipo de actitudes, las de rechazo, las de aceptación y las de mera indiferencia.
Pero antes hay que precisar su perspicacia y sentido creativo porque el núcleo de los hallazgos es múltiple: desde el material hasta su propia fascinación psicológica e infantil.
Confunde, sorprende, estimula, resucita, atrapa, seduce y hasta irrita. Y la construye sin oscuridades y lechos abiertos, únicamente con muñecos de trapo que nos remiten a los sueños lejanos o a espacios más recientes.
Es ambigua, lúdica, subliminal, festiva, irónica, una fabricante, en suma, de instalaciones, no para conventos sí para recreos urbanos cenicientos.

Sólo tú, dulce amante
puedes calmarme ahora
acercándote
para que te vea
para que te sienta
y olvide que soy ciego.
(Carlos Renaldo Asorey Brey).

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