CARSTEN HOLLER (1961) / VENID A MÍ

Sin imaginación no hay arte, él debe ser un catalizador que ofrezca presencias inquietantes, aspectos no vistos, acciones y efectos inesperados. Ha de gravitar sobre un medio con el que está obligado a ser receptivo e innovador.
Una iconografía en perpetuo cambio implica intercambio de percepciones, absorciones y asociaciones. Hay que transfigurar el lenguaje exprimiendo todas sus propiedades, omitiendo sus limitaciones y torturando sus desencantos.
Por tanto, ¿qué es lo que hace el belga HOLLER? Materializar la ruptura de los fenómenos visuales y sensoriales acostumbrados, enlazar esta nueva dimensión de sus instalaciones con otras coordenadas plásticas, sean definibles o no, dado que su interés está centrado en la capacidad del espectador para asimilar, asombrarse y participar de esos estímulos. Es arte contemporáneo en una traslación que plantea diseños, concepciones, proyectos cuyo conjunto sea pura creatividad en sí misma, sin carga de contenidos que no remitan directamente a la naturaleza de su finalidad. Que sea mucho o poco, o se haya quedado corto en el más allá, lo estimará el espectador concreto una vez tomada la medida de sus propios límites.

¿Y si la luz fuese la sombra, la gracia el pecado,
la oración la blasfemia, el cielo el infierno y el oro el guijarro?
¿Si el verso, poetas cortesanos,
si el verso no fuese de cristal sino de barro?
(León Felipe).

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