THIERRY DE CORDIER (1954) / DE UN PRELUDIO NUNCA VOY A HABLAR

Decía Breton que los museos pronto estarán atestados de objetos cuya inutilidad, tamaño y número hará necesario la construcción de torres oficiales en los desiertos para albergarlos.
No sé si esta frase viene a cuento o no cuando veo estas piezas del belga DE CORDIER, pero lo evidente es que llenan espacios que tratan de reconvertirse en una prestidigitación coreada además de abarrotarlos.
Y lo que asimismo es cierto es que las calaveras, de tanto representarlas, dibujarlas, pintarlas, esculpirlas o embalsamarlas, ya no nos conceden ninguna revelación ni sorpresa. Es un objeto más cuya plasticidad se agota en su misma repetición desmesurada.
No podemos negar, no obstante, que su trabajo tiene citas desconocidas aunque llenas de referencias, tomadas aquí y allá, procesadas de nuevo bajo otras ópticas que encadenan impresión y definición. Por tanto, acumula créditos y avales, formas e ideolatrías. Una iconoclastia más a exhibir sin ganas de serlo, porque lo que en definitiva se procura es que la búsqueda de la poesía en la concepción no sea el medio más seguro de no encontrarla (Baudelaire). De haberla, la hay sin derroche.

¿Qué del incidente humano?
Calma en bloque.
Los muertos están más muertos
Cada noche.
(Jorge Guillén).

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