CARLOS FAJARDO (1955) / TENGO EL DEDO PUESTO

La agitación político-social se pasea por calles y muros en forma de carteles, graffitis, rótulos, pasquines, murales en los que el arte es expresión ciudadana de lo que está aconteciendo.
Cuando el fenómeno se va acrecentando, aumentado con rasgos iconográficos propios, singularidades caricaturescas, caracteres sardónicos, crueles, es cuando toma la dirección de una estética expresionista bañada en unas cualidades artísticas netas.
Con estos elementos, el portorriqueño FAJARDO alza un territorio tan activista como incisivo, tan demoledor como concienzudo en sus trazos.
Toda una tradición está expuesta, declarada, señalada, sin que sea óbice para que se renueve en cada momento, se postule a través de actualizaciones surgidas en el medio del que nace su necesidad, oportunidad y ocasión.
Son piezas, en definitiva, marcadas por su entorno, que informan la trama y conjugan una relación icónica con la que la forma dada obtiene una nueva vía para formular significados abiertos y ávidos de alcanzar esa configuración.

En una ocasión Dante se encuentra con Giotto y le pregunta cómo era posible que habiendo engendrado unos hijos tan feos, pudiese lograr tal belleza de facciones en sus murales. Pues muy sencillo, le replicó, pintar suelo hacerlo de día, lo otro lo llevo a cabo por la noche. Así se lo conté a mi hermano, el cubano Humberto Viñas, con el fin de que no se le ocurriese hacer un retrato del Malecón en la oscuridad, le costaría probablemente perder las dos manos.

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