PEDRO S. MORILLO (1947) / LABERINTO EN QUE CADA UNO MARCA SU COLOR

Laberintos caóticos que explotan cuando los trenzados cromáticos señalan la imposibilidad de lo posible. Comienzan como manchas que quieren desviarse del fraude, arman sus rutas, chocan en sus itinerarios, y como los pensamientos ya han quedado fuera del desorden, hay que confiar en la culminación. Y se produce.
Vivir y mirar son dos experiencias equivalentes, lo sensorial lo que ha tenido lugar, y no importa la incertidumbre pues la pintura no sería si ella no la decantase y la infiltrase.
Sin embargo, a la mirada le place concitar la seguridad visual, no siguiendo rastros, y cuando se da paso a un cambio de registros la densidad se aplaca, adquiere la mansedumbre de otra tonalidad, de otra concepción de superficie, de un diferente entramado casi inscrito en la piedra, dejando huellas configuradas de mariposas, vasijas, etc. Entonces lo circular es fruto de ríos, riberas, praderas, hasta bosques.
Si la pintura no es otra cosa que una revelación súbita de una realidad distinta (De Chirico), el español MORILLO juega con nuestra percepción, convence, en su obra, a la observación para que se pose sobre la andadura pictórica como un destino del que participar llevando de compañera a esa pequeña bestia esculpida que ha empezado a caminar a nuestro lado.

En relámpagos se rasgan
Los cielos hasta esos fondos
Tan vacíos que iluminan
Los cárdenos dolorosos.
(Jorge Guillén).

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