JAMES GUITET (1925-2010) / ME HICE DESPACIO

No estoy de acuerdo con Baudrillard cuando escribe que, por lo general, la pintura no desea exactamente ser mirada, sino absorbida visualmente, y circular sin dejar rastro. No es posible que los vestigios, o esas señales que construyen nuestra identidad creadora, puedan desaparecer, es posible que sea todo lo contrario, ellos quedarán y serán el código de vida y de pasión que existió.
El francés GUITET es otro de los que en su quehacer deja patente que en una superficie, a pesar de todo, pueden pasar cosas, caben acontecimientos azarosos, geométricos y poéticos.
Por eso se ha dicho, y esta obra lo demuestra, que la pintura es una expansión irregular, cuyo principio o clave hermenéutica se ha perdido y cuya ley es informulable. Un territorio de huellas sin más.
En ella no hay fórmula posible cuando la jurisdicción cromática va ganando terreno, se estratifica, suma y sigue tonalizando el dominio conquistado. Dentro de esas ramificaciones, el fluir es poderoso o sutil, bordea o arroya, forma catarata o se embalsa en capas.
Es una sintonía lúdica y óptica que además de formar su armazón, transmite el fondo fenoménico de su luz y su concepción de la misma en diálogo con el receptor. Son confesiones que hacen un decálogo.

Si trasteando la cuerda me da sonido,
Deseo que este eco diga te amo.
Mi mano te sujeta el vientre,
Eres entraña en mundos errantes.
(José Luis Álvarez Vélez).

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