FLAVIO GARCIANDÍA (1954) / VOLVER SOBRE LA NUBE QUE VINO

En esta convocatoria los ojos acuden más prestos para llevarle la contraria Dubuffet, que dice que “el arte es un instrumento de conocimiento….llama al espíritu y no a los ojos”. Para mí que se equivoca, pues emplaza tanto al primero como a los segundos.
Las nubes de color -los expertos los significarían como campos de color- como debe saberlo bien el cubano GARCIANDÍA, son deslumbramientos llamados a evocar imágenes en la mente del espectador. Y si son manchas o estratos que encadenan, también son carantoñas que hacen fructificar y dar sensibilidad a la mirada.
En estas emanaciones laten ecos y resonancias visuales -no olvidemos sus orígenes-, los acordes son peregrinos que se derraman sobre el soporte, dejan que un suspiro no ahogue, ni que la filtración esté condenada.
Por lo que sea y porque el exterior se transmuta en interior, el retorno a la magia ya inventada siempre funciona, probablemente debido a que recolecta una afluencia de allí, un extracto de acá, un perfil de más allá, hasta que el compendio suscite y nos absorba, renegocie su naturaleza plástica con un canto más libre y mejor calibrado.

La ventana me ofrece el cuadro sumo:
Un trozo de enmarcada
Realidad, que no aíslo pero asumo
Completa en la mirada.
(Jorge Guillén).

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