JOAQUÍN SÁENZ (1931) /¿ESTO ES LO QUE FUE?

Desenterremos a la pintura, volvamos a tomarla como argumento, por el pathos irrenunciable con el que llegamos a conocernos más, sin que tengamos que incurrir en esgrimir barreras rutinarias o esa desesperación, de la que hablaba el cubano Rufo Caballero, por la última tendencia u hornada, que no obedece tanto al legítimo amor por el arte como a una fanática devoción por lo último como ideal de una falsa y epidérmica actualidad.
Mas en esta obra del andaluz SÁENZ hay que remitirse a las palabras de Sigmar Polke, con el que no tiene nada que ver, pero sí escuchar:
“Primero tienes que mirar…..tienes que observar, llevártela a la cama, no dejarla fuera de la vista. Acaríciala, bésala y reza, haz lo que sea, puedes patearla, ignorarla. Cada pintura necesita un tratamiento distinto, no importa cuál”.
Efectivamente, en estos interiores no apreciamos al ser que los habitó, en cambio sí su vida, su destino, su envejecimiento y degradación, la soledad, el paso del tiempo, etc., y al final el olvido.
Los habitáculos, sabiamente conferidos de la poesía de una imaginería encanecida, revelan más allá de la mera pátina, porque hay muchos más, tantos como la propia concepción de la sustancia abarcando los múltiples discursos de la materia.

La buena pintura es siempre compleja, tanto en su recepción como en su realización y descripción.

¿Cómo decir adiós,
Final adiós al mundo?
Y nadie se despide de sí mismo,
A no ser en teatro de suicida.
Estar muerto no es nada.
Morir es sólo triste.
(Jorge Guillén).

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