LUIGI ONTANI (1943) / HOY ME TOCA DISFRAZARME

En ocasiones preferimos convertirnos en objetos, pues hasta de lo de condición más humilde están impregnados de significación cultural. No hay, dicen, ninguna entidad que pueda descalificarse como arte.
Y como la teoría se ha hecho global y polivalente, se puede tomar una u otra, después dejarlas, o mezclarlas, derribarlas o ignorarlas.
En lo que respecta al italiano ONTANI, uno, en su calidad de isótropo, encuentra culminaciones histriónicas, calenturas fantasmales, risas orgásmicas y pediatras en lencería. La iconoclasia recibe en estos trabajos de intendencia su bendición más casta, solamente se permiten violaciones si cuentan con el permiso del artista. Lo que se ve es como un empujón contra el cielo y las profesiones de fe, una apuesta por hallar la medida de un arte cansado de ser él mismo y sus manipuladores, de ser la opción de la bella y la bestia.
Si hay que acudir al rococó, un abucheo consagrado; si hay que remitirse al clasicismo, un vómito de tarta de bonito; si hay que servirse del surrealismo, construyamos lo que se olvidaron por ser penitentes.

Una obra multidisciplinar, muy de moda, que se cobija y se da cariño, que se la esconde debajo de un muladar para darle pátina, lo que se quiera, la visita es gratis y no está fichada con huella.

A buenas horas viene “María Cuchilla” al Malecón. Dicen que sus crímenes no tienen solución. Al revés que a Humberto y a mí, que la nuestra la tiene el ron. Felipe Alarcón, al divisarla, da la vuelta.

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