Mes: marzo 2012

ALICIA LEAL (1957) / ¿POR DÓNDE SE ESCAPA EL ENSUEÑO?

A la cubana LEAL no le llegó la sociedad del desencanto, ni el mercado del espectáculo, ni la rutina que quiere ser asombro y que para conseguirlo tritura las fórmulas de la tradición.
Ella, en su obra, señala cómo es su coreografía plástica de huellas de pasos en la arena en los largos días de primavera, y que en su barco, carente de mercancías, no puede ni cargar la luna. Las imágenes nos remiten a las quimeras, a los sueños despiertos aunque relegados, a los eternos sentimientos de amor, placer, pasión, muerte y lamento por la vida. En sus recursos e imaginerías, que no eluden los arquetipos clásicos -celebra su redención-, ni los orientales ni las referencias a sus antecedentes isleños, conforma un mundo particular, muy subjetivizado, que bascula entre la ilusión y lo intemporal. La luminosidad y el cromatismo, como en todo hacer caribeño, saltan del lienzo, envuelven al espectador, interrogan su intimidad y fantasía, alientan su apertura y el impulso de otredad. Vinculan ornamentación y espacios, que son los lugares de los sucesos, de la pintura transfigurada.
No salimos nunca de sustos en este maldito Malecón, comentamos Felipe, Humberto y yo, al ver que los vivos van en el carro fúnebre y los muertos siguen al cortejo.

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NATHANIEL MELLORS (1974) / ME CUBRO LAS ESPALDAS

 

El asombro no solidariza, la angustia tampoco. Contemplar el escenario ahora ya no es lo que era. En la sociedad contemporánea, rebelarse, generar escándalo, desafiar todo lo desafiable ya no es una actividad radical, no hay riesgos de desprecio, incomprensión o marginación. Ahora es el modo más rápido de convertirse en parte del sistema.

 

Les Levine lo ha dicho: el mundo del arte se ha convertido en una industria que necesita un producto nuevo cada dieciocho meses sólo para estimular el sistema.

  

No se dan cuenta ustedes, estupefactos espectadores, que el curador soy yo y dicto lo que es arte y lo que no. Marchantes, críticos y filósofos ya no pintan nada -nunca mejor dicho-, únicamente van de portavoces y con permiso.

Y ¿qué hacemos con el inglés MELLORS? Si son nuestros retratos me doy con un canto en los dientes porque salgo muy favorecido, si son alegorías de un inframundo mecanizado, robótico, de quita y pon, de máscaras que no lo son, de rostros que sí lo son, respiro hondo y me contemplo sublime.

Les explico a Humberto y Felipe que es “El Gallu de la Muerte” en nuestro salón del Malecón entre ron y ron. Es un gallo negro con pintas rojas y azules, y una cresta blanca. Nace como un gusano verde de las carnes putrefactas de una pájara negra y blanca que, a su vez, sale de un huevo rojo que ponen los milanos cada cien años y muere a los cincuenta. El que escucha su canto se muere al día siguiente. Cuando acabé, me dieron la espalda y se cagaron en mis muertos.

JACOB KRAMER (18921962) / UNA ORACIÓN PARA CALMAR SU ALMA

  • Vamos en fila pero no cabizbajos. En oración para quien quiera vernos así, supervivientes todavía aunque el tiempo se acaba. Con eso no perdemos la plasticidad del exordio que murmuramos. Cuando acabemos seremos simples esfinges.

  •  Para el ucraniano KRAMER la pintura tiene que estar quieta en ese instante supremo del símbolo de la angustia, de la soledad, de la desolación, pues es su historia, su fe, su destino. Y quizás haya otros misterios, otros horrores que se guarden porque no hay a quien confiarlos.

  • En esos personajes, arquetipos de un mismo pueblo, de una misma raza, la convicción es callada, inmóvil, en el silencio de la oración, que a su vez es pensamiento, voz interior que palpita sobre la pintura de la superficie.  

   

HUMBERTO CASTRO (1957) / ME CRIÉ DONDE TUVE ESPERANZAS

El mirar se hace a veces muy fácil, tanto que hace agigantarse el imaginario que amparamos y nos sostiene para vivir. Aunque en este caso el inquirir solamente es una belleza que se deja escapar entre los cuerpos femeninos y ese río que se remonta hasta perderse.

  

Pero sobre estos  predios, en un mar de vestigios  vuelan realidades pictóricas y humanas, historias de tiempos y rastros, plásticas cuya función es un hablar en tales términos que no agote el contenido de la visión, ni el pathos de la esperanza, ni la multiplicidad ansiada.

La feminidad es el instrumento que alimenta estos sucesos visuales. Cabe aguardar que el encanto, atravesado por la nostalgia y por la detonación de la despedida, llene tales cuencos marinos, tales distancias de símbolos y encuentros. Sin acechar no permaneceremos, si bien no dejaremos de mirar.  

MICHEL SAZARIN (1943) / ¿CÓMO CONFUNDIRME DE TEXTURAS?

 

La pintura ya no soporta que le midan el tiempo. Ni el que se fue ni el que le queda. Ella es orgullosa e indómita y, lo más importante, cuando no estemos seguirá aguantando.

Al alemán SAZARIN lo que le permite esta dama es el acopio de sensaciones e iluminaciones que con una extrema sensibilidad expresa encantos fantásticos, sublimes,  callados de tanta voz remota.

La magia de esas texturas , de esas “no-formas” que hacen más visible la conformación de unas masas cromáticas danzarinas, en movimiento, regurgitando superficies impredecibles, es una perversión para la mirada, cuyo único objetivo es penetrar y quedarse, vivir dentro y no en un exterior inhóspito que ni siquiera protege.

A este artista el encuentro con el acto pictórico, la práctica, la ejecución es su máximo enunciado, después la resolución surge como una virgen desconocida pero no por eso depurada de impurezas, salvando distancias entre el frío del entorno y lo cálido del contenido.

Es poesía que sustancia en sí por su carácter aparentemente introvertido, mas cuyo significante es una irisación posada en el espacio que habitamos desde la emoción y la pasión por contemplar lo ingénito e inmanente. 

Todo lo que se deja caer,

mirada al pasar

y el sueño al decaer.

La llama que se sabe alzar.

El sueño que cae.

La cal fugaz

que quiere destrenzar

símbolos en la pared.

(José Lezama Lima).

DOSSOU AMIDOU (1965) / SOMOS UÑA Y CARNE

El etnocentrismo está desnudo si prescinde de lo periférico, de su cultura y de su saber, de su arte. Porque lo que empezó siendo un fetichismo ritual de invocación hoy es una manifestación estética de lo totémico y cósmico.  Esas cabezas, talladas y coloreadas por Amidou, artista de Benin, poseen la magia inconfundible de una visión contextualizada, que ha depurado siglos de existencia. Cubren los horizontes de un continente, la vida simbólica y alegórica de todos lo que lo habitan y lo constituyen. 

Estatuillas, máscaras, amuletos, talismanes marcan y señalan el regocijo plástico de un mundo viejo, exponente de luz y de color. Sus creaciones se disfrazan de lo que son, aunque sea un compendio que se agite sobre las testuces y quede labrado en ellas.

¡Cuántas de estas imaginerías no han sido fuente de inspiración para nuestros anquilosados logos! Y lo siguen siendo debido a su determinación conceptual, a sus metamorfosis que no cesan de deparar otros diálogos con la forma, otro enfoque de lo que multiculturalmente es posible, incluso un mestizaje que incite a la dicción artística a nuevas eclosiones.

“El Agoiro” se nos aparece en El Malecón para predecirnos el futuro. Hasta las olas dejan de oírse. Nos dijo a Humberto, a Felipe y a mí que nos íbamos a morir. Sólo eso. Le despedimos con un vaso de ron y su retrato bañado en sal. Con tal vaticinio nos podíamos dar con un canto en los dientes.