NATHANIEL MELLORS (1974) / ME CUBRO LAS ESPALDAS

 

El asombro no solidariza, la angustia tampoco. Contemplar el escenario ahora ya no es lo que era. En la sociedad contemporánea, rebelarse, generar escándalo, desafiar todo lo desafiable ya no es una actividad radical, no hay riesgos de desprecio, incomprensión o marginación. Ahora es el modo más rápido de convertirse en parte del sistema.

 

Les Levine lo ha dicho: el mundo del arte se ha convertido en una industria que necesita un producto nuevo cada dieciocho meses sólo para estimular el sistema.

  

No se dan cuenta ustedes, estupefactos espectadores, que el curador soy yo y dicto lo que es arte y lo que no. Marchantes, críticos y filósofos ya no pintan nada -nunca mejor dicho-, únicamente van de portavoces y con permiso.

Y ¿qué hacemos con el inglés MELLORS? Si son nuestros retratos me doy con un canto en los dientes porque salgo muy favorecido, si son alegorías de un inframundo mecanizado, robótico, de quita y pon, de máscaras que no lo son, de rostros que sí lo son, respiro hondo y me contemplo sublime.

Les explico a Humberto y Felipe que es “El Gallu de la Muerte” en nuestro salón del Malecón entre ron y ron. Es un gallo negro con pintas rojas y azules, y una cresta blanca. Nace como un gusano verde de las carnes putrefactas de una pájara negra y blanca que, a su vez, sale de un huevo rojo que ponen los milanos cada cien años y muere a los cincuenta. El que escucha su canto se muere al día siguiente. Cuando acabé, me dieron la espalda y se cagaron en mis muertos.

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