CHARLES GAREBEDIAN (1923) / POR EL DESCARRÍO LLEGO A LA EXPERIENCIA

El patetismo de esos seres no les hace insignificantes, al contrario se les agigantan sus cuerpos desnudos desmadejados, deformados, posados en posturas apáticas, yacentes, insensibles o ya en tránsito o espera hacia un final que no sienten.
El estadounidense GAREBEDIAN concibe una coloración fría, un entorno físico desposeído por su pequeñez, su monotonía, su carencia de atracción. Al final, es como si estuviésemos ante la recreación de una era que se gestó tras una conmoción universal y que se articula con esta frialdad sombría a pesar de la luz y de ese canto sordo.
Con su contemplación podemos inventarnos un paraíso más bien de no llegar que de ir, tan falto de cronos y de historia, tan alejado del sabor dulce del grito, o del oscuro infortunio de la infamia.
Si buscamos una tropología a esta plástica no dudo en poder encontrarla a gusto y en dosis adecuadas, pero para eso el espectador debe andar con cuidado, no sea que se tope con el filo de un féretro que le transportará por el oceáno sin pagar un duro.
El Malecón, nos dice Rufo Caballero cuando tropieza conmigo, Felipe y Humberto, está hermoso a rabiar con esa turgencia, ese erotismo perenne bajo un sol que raja el alma y no permite rasgar la piedra.

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