STEPHAN BALKENHOL (1957) / SONRISAS Y LÁGRIMAS

Ya está bien de tanto cuerpo apolíneo en nuestras calles y plazas, aparenta ser una visión global que no se corresponde con la “fauna” característica de lo que somos, por lo tanto es absolutamente parcial.
Faltaba el antihéroe, el deformado, el modelado desde su propia fragilidad, fealdad e intrascendencia, aspectos cruciales con los que bailamos todos, seamos o no espectadores.
Para el alemán BALKENHOL la obra tiene coherencia estilística si va a la inversa y se le ve el reverso, y porque la personalidad artística es ley de sí misma, tal como señalaba Lionello Venturi. Por eso su icología conforma el prototipo de nuestra época, vulgar, casi parado, incluso torcido, con ojos que no saben que miran y que le miran.
No importa si se llegan a percibir inconsecuencias, al fin y al cabo se trata de un resultado que altera convenciones y hábitos, y encuentra la morfología adecuada a la significación que expresa, ya que de otra forma no estaríamos ante el producto de un quehacer que por encima del canon orquesta un acopio de conjurados afines.

La baba de la cabra saludando en las colinas
dialoga con las contraídas carcajadas del falo subterráneo,
su miel redondea las brumas absortas sin redondel,
su saliva rima con la eternidad del pedernal,
frotándose entre el cántaro y la pecadora caída de las aguas.
(José Lezama Lima).

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