Mes: julio 2012

EMILIO SCANAVINO (1922-1986) / DESTINOS INFORMALES

El artista contiene dentro de sí el sentimiento de su propio caos -ya ha roto el orden del pasado-, y necesita exteriorizarlo de la manera que él cree que es más significante.
Así es como el italiano SCANAVINO le da vueltas y ensayos a la materia hasta penetrarla con ese virus que no corroe, pero que impulsa una red de misterios que se sintetizan en la superficie.
Urdimbres que se enroscan en las texturas, se agitan o reposan dentro de ellas, o meras huellas calcinadas, son ahora esa comparecencia de lo informe que se hace una realidad que engloba pasiones y alianzas plásticas en favor de una visualidad que impone el significado de lo contrito en el pensamiento del hambre.
Por consiguiente, dentro de su obra hay un laboratorio que no cesa de resumir lo que tiene el arte de historia y sensibilidad desde su origen, lo que ha acumulado de rasgos e ideogramas, lo que sigue sin desaparecer a pesar de haber sido otro relato y acto de la forma. El creador simplemente lo ha sentido y expresado desde su visión y capacidad para hacerlo visivo y vivo.

Se pinta a oscuras y el nacer de los colores
hace la luz, cada color apoya el golpe mate
de su compañía y después nacerá otro color
en cuyo rostro se despereza la danzante.
(José Lezama Lima).

CHARLES SIMONDS (1945) / HABEAS CORPUS

Fernando Marías escribió que la crítica constituye sólo una opción, “contemporaneizante”, de fronteras imprecisas y terminología ambigua, de las muchas existentes para estudiar las obras de arte.
Acogiéndonos, por tanto, a esta venia, nos permitimos no omitir lo que también señaló Catherine Millet respecto a que nunca como en el siglo XX se ha hecho del arte un experimento de técnicas, recorte, pegado, trenzado, máquina de coser y circuito electrónico hasta convertir a los artistas en seres obnubilados por los objetos que fabrican, olvidando que el arte no tiene mucho que ver con los objetos.
Pero seamos claros, la forma de un objeto es su función, su objetivo. Y la obra de arte un medio de acción, así como la metáfora corresponde a la representación simbólica de las artes plásticas.
Vayamos entonces, a propósito de la obra del norteamericano SIMONDS, a Enst Cassirer que se ha referido a eso de que “el hombre no vive en un mundo puramente físico, sino simbólico”. Símbolos que cuando entran en contacto con lo intelectivo y lo emocional adoptan una forma artística, fruto de la actividad creadora de ese impulso espiritual.
De todo ello hay constatación de una realidad: la de que el ojo se cansa y necesita siempre estar estimulado, por lo que está a la espera de nuevas visiones y representaciones formales. Ahora bien, precisa Wölfflin, la mirada tiene su propia historia. Y toda nueva forma de visión cristaliza en una nueva visión del mundo.
Si el salmón roza las heladas plumas, las risitas
-confundidoras de barrios por el truhán de la luna-,
mudan de antifaces y de antílopes, rodando
por las puertas dobladas de los naufragios.
(José Lezama Lima).

LUIS CASTELLANOS JARA (1973) / JAMÁS SE ME OLVIDA LA ORACIÓN DE LA PINTURA

Las técnicas de la pintura, manifestaba Lionello Ventura, son infinitas, como son infinitas, hay que agregar, las formulaciones y configuraciones de que se reviste.
En cualquier momento surge un nuevo territorio plástico que nos hace entrever otra forma de ver la vida, porque, lo escribió así Catherine Millet, el arte es lo que inmoviliza al visitante un instante -largo y silencioso, añado-, un impulso que el cuadro da al pensamiento y que hace que, brutalmente llevado hacia un sentimiento desconocido, el pensamiento abandone allá el cuadro como una madera muerta.
¿Cuál es entonces esa epifanía que se produce al situarnos ante las obras del peruano CASTELLANOS? Pues la misma que se desarrolla en nuestro imaginario al entrecruzarse distintas dimensiones y referencias que tocan lo tangible y lo intangible: mitos, creencias, raíces, orígenes, expresión y concepción de la figuración, etc. En definitiva, la esencia de una condición humana que nace para ser transfigurada de acuerdo con un ethos de imperfección, de soledad deformadora y aborígen.

¿La salud del objeto es su posible reducción
a forma? ¿El acabado alcanza su transfiguración
en la forma? ¿La forma es un objeto?
¿El objeto creado por la forma es un fragmento?
El espíritu del río y del poblado,
se enreda en la glorieta del extenso lienzo chino.
(José Lezama Lima).

MAR SOLÍS (1967) / CUBRO MIS HUELLAS

Estas piezas, que parecen arañas vivas descendiendo por las paredes de nuestro imaginario, ponen a prueba nuestras capacidades como receptor, el complejo de experiencias, vivencias, ideas y sensibilidades que lo forman.
Es una obra en la que la irrealidad forma parte de lo real, aunque su entelequia sea una metamorfosis metafórica que nos deje intrigados y sometidos a elucubraciones intrincadas.
Bien es cierto que la española SOLÍS, merced al empleo de ese material y esas estructuras hiladas, no considera más que una trama escultórica que aúne contraposiciones visuales en un espacio acorde para esa cadena de filigranas fantásticas, dejando que sea el propio espectador el que sienta e interprete las múltiples evocaciones de esa realidad mostrada.
Por consiguiente, hagamos caso al filósofo Malebranche y toleremos que la imaginación constituya un foco de seducción, cuyos engaños nos inspiren un saludable horror.


Trae un cordel en la boca,
pero no encuentra
ningún laberinto, y se pierde.
(José Lezama Lima).

CRISTINA GAMÓN (1987) / HAY POEMAS EN LOS QUE CONFÍO

La abstracción, digan lo que digan y escriban lo que escriban, anatemicen y sancionen, sigue ahí sin perder su capacidad de insinuación y de encuentro con hallazgos con los que establecer una relación mutua duradera.
Con esta valenciana, GAMÓN, premio BMW de pintura, se completa una fase más, con independencia de su adscripción a una u otra franquicia -la abstracción postpictórica, sin ir más lejos-, en que la nitidez líquida en que se encarna su creación conforma un dominio en el que la mirada busca su propia acción y elección.
La energía se transforma y así da lugar a una transfiguración que hace pie en la obra, la penetra y postula la visión de una síntesis que habla cromáticamente y se expresa dando lugar a unas nubes que son condensaciones vivenciales, determinaciones de naturaleza interior, que guardan la vez para declararse y manifestarse.
Para los espectadores es un lenguaje que toma una forma sutil y calmada de encararse en ocasiones, o una configuración de mar bronco, amenazador e instigador de funestas voluntades en otras.
En conclusión, la artista se hace eco de sí misma, de la semántica, impuesta y elaborada, de sus emociones, de la libertad pictórica que se agita entre sus límites, sus referencias, sus excesos y carencias.

La niebla es el sombrero de una vida sumergida,
quitarse el sombrero es lo invisible que convida.
(José Lezama Lima).

BERNARDINO SÁNCHEZ BAYO (1978) / TIEMPOS CARGADOS

El ámbito artístico actual ha logrado una gran diversificación -que algunos llaman eclecticismo- y admite una pluralidad cada día mayor de recursos, con los que trata de incorporar en su seno, tanto una máxima confrontación dialéctica, como una creciente contribución y diálogo en las propuestas formales e ideológicas plásticas.
Centrándonos en la obra del granadino SÁNCHEZ BAYO, recientemente premiada, verificamos aquello de que el arte une el pasado con el porvenir, la pintura con su propia encarnación de lo que fue y sigue siendo, esa línea artística que al mismo tiempo que conserva avanza, transfigura y testimonia.
Esos ámbitos cerrados, oscuros, sombríos, que sólo una llama blanca poderosa, fiera y agresiva alcanza a alumbrar. Esos retratos -en los que otros autores han probado su oficio- específicos, inimitables, tal que transferencias de identidad, que además de la imagen de potencia, tienen la capacidad de engendrar y transmitir una amenaza de poder, que percibimos como una parábola viva del presente.
Por consiguiente, se impone la referencia a Mario Dionisio y su frase respecto a que “la obra de arte es un espejo transfigurador, excepcional, único, donde la vida se para sin morir”.

Unía el río la piedra con el alma;
la estrella en la fibra de la palma
sonríe la bisagra de dos mares.

¿Pesa el conocimiento como cae el brazo?
El aliento y el bostezo divino enlazo
si el pez y el relámpago son pares.
(José Lezama Lima).

CAI GUO-QUIANG (1957) / NO ES HORA DE QUE ME ENCUENTREN

Ante estas instalaciones se me ocurre el incurrir en esa expresión de que son “imágenes emblemáticas de lacerante densidad existencial” o simplemente acudir al fenómeno de incitación a la asistencia a un espectáculo dinámico, agresivo, inagotable y cuya enjundia es su excitación desmesurada.
Al tratarse de un artista chino, GUO-QIANG, hemos de atenernos, primero, a considerar su inserción en el mercado que más ha crecido en los últimos años, a una vertiente cultural y artística que ha asimilado dentro de sus confines lo que son pautas ya globales -incluso han ido más lejos en ocasiones- y a una predilección por estas puestas en escena como matriz configuradora específica.
En lo que atañe a la visión de esta obra, la dimensión a la que hay que aludir es la de un universo que opera sobre unos elementos que juegan a transfigurar la función para la que han sido elaborados, a mirarlos y pensarlos desde tal parámetro y a colegir que la disecación no es real en tanto actúa sobre bases de visualización que tienen sus propias reglas de escenificación y transmisión.
El autor busca confrontación y dialéctica, luego de la sumisión a una contemplación que nos deja con las interrogantes a flor de piel, con la intuición de que no es válida una racionalización que sepa dar con las claves y explicarlas. Lo esencial es que las haya pero solamente para que cada uno se las quede como suyas y no se torture con aprehenderlas.

De la inteligencia de la misa
a los placeres de la mesa,
el rayo vital no cesa
de engrandecerse con la vista.

Aunque el oído me da la fe,
la visión como un mastín rastrea
lo que el Arcángel flamea
en el punto donde no se ve.
(José Lezama Lima).