ERWIN WURM (1954) / NO PONGO LOS MUEBLES

En cierta forma y al utilizar recursos aleatorios y asombrosos que supuestamente ponen en entredicho la racionalidad de un mundo que está sin soluciones, el austríaco WURM puede confundir con sus objetos y perfomances, pues aparenta una ingenuidad que ha sido concedida al hombre para permitirle, en tiempos de crisis, que se diese a sí mismo unas formas y unos sonidos que le impidiesen ver la verdad (William Falkner).
Nada más lejos, por supuesto, para un artista del país que a lo largo del siglo XX fue la cuna de los movimientos más radicales del arte contemporáneo. Él no hace otra cosa que hacer ostensibles, con sarcasmo, humor, ironía y agudeza, las contradicciones y quimeras fraudulentas de un credo conformista y consumista que roza los acordes del absurdo.
Nos retrata como idólatras de unos objetos fabricados por una sociedad que se miente a sí misma, aunque esta última, en lugar de hacerlo desde una coherencia lineal, fácil, lo hace camuflándola y maquillándola. Así que el autor únicamente se remite, con gran pompa festiva y visual, a descubrir la falsificación, invitándonos a seguirle hasta sus últimas consecuencias. Con la advertencia de que los que sean cobardes, no se sumen, no sea que acaben siendo setas con piernas.
El vencido por el sol regresa con las estaciones
y el que triunfa de la muerte se vuelve a morir.
(José Lezama Lima).

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