Mes: octubre 2012

RODOLFO STANLEY (1950) / BAJO UNA TIERRA SIN ENSUEÑO

Es cierto que si el color no marca su intransferible circunscripción, el tejido pictórico no arranca ni un fragmento a la noche. Pero si las formas no se rescatan para alzarlas en su soledad y esplendor, tampoco entonces la suma llega a la sustancia universal.
Como en un arañado sueño, el costarricense STANLEY extrae recuerdos e imágenes de las puntas de los dedos. Buscan tesituras, intensidades, demarcaciones, lascivias para una mirada transparente. No hay lisura en las superficies, únicamente debates entre fuerzas que ya han dejado de hacer trampas.
La figuración toma entes visibles que hablan, se mueven, se manifiestan y no cejan en emitir su luz, la que es el primer animal visible de lo invisible.
Por tanto, en la obra de este artista la conjunción de elementos y factores internos y externos son como voces insomnes que llegan al oído como una penúltima ola. Para la última se reserva el silenciar con humo sus pisadas.

Estoy en la primera esquina de la mañana,
miro a todas partes y comprendo que no es la nada
con su abrigo de escarcha.
(José Lezama Lima).

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DARÍO ESCOBAR (1971) / ¡SI ESTABA AHÍ!

De acuerdo, estamos ante un artista conceptual que se dedica a la investigación de los aspectos formales y conceptuales de los objetos. Para lo cual selecciona el material, lo segmenta en tiras y deja que éstas cuelguen, se enrollen, formen una red hirsuta y lleguen hasta el suelo. O formen una sola conducción que sube y baja, se retuerce, se entremezcla y se anuda.
También es posible que sea una bolsa suspendida y cartográfica de balones romboidales, o estructuras geométricas gravitatorias de distintos componentes.
Para el guatemalteco ESCOBAR, la idea es una exposición que debe guardar equilibrios calculados. No tiene intención de que su obra sea la transposición de una realidad que nos afecte, sino de una teleología que postule la forma en y para sí misma.
Y si nos da por inferir referencias o connotaciones, que sea la visión de un pacto con el demonio estético que se arrincona en la memoria de nuestro imaginario. Al fin y al cabo somos espectadores infelices que no necesitamos nada más.
Pero la verdad es que si nos aplicamos un poco, comprobaremos que tales hallazgos son parte de nuestra rutina visual diaria y nos los encontramos en cada pared, tapia, edificio, calle o casa. Y eso sin ir más lejos. Por lo tanto, echésmosle una bendición y sigamos adelante.

La noche nos agarra un pie,
nos clava en un árbol,
cuando abrimos los ojos
ya no podemos ver al gato dormido.
(José Lezama Lima).

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MÓNICA ARDAIZ / ¿SÉ LO QUE VOY A CONSEGUIR?

La abstracción, llegada esta época de falsas declinaciones, exige cada vez más un trabajo de concentración, conocimiento y reflexión sobre lo atinado de la búsqueda. Ha de convertirse, ante tantos efluvios plásticos, en un esfuerzo por el que la habilidad y capacidad tomen una dirección que antes no existía porque estaba inexplorada y de la que se intuía a duras penas una música que sonaba sin los acordes precisos.
Ante eso solamente hay un camino, que es el que atraviesa texturas, manchas, tramas, pigmentaciones, gradaciones, licuaciones, gestos, trazos, humedades, vacíos, disoluciones y fusiones, hasta dar con la plasmación determinada y la transformación decisiva.
¿Qué es lo que pasa entonces con la obra de la argentina ARDAIZ? Qué está en ello, en ese proceso, que la labor de depuración, definición, sedimentación y consolidación no es fácil. Su tarea ha alcanzado las sumas y restas del aura, ha desechado los apócrifos que le salen a cada paso, ha seguido en pos de la formulación genuina sin dar más pábulo del necesario a otras consumaciones formales, pero aún le falta el momento culminante.
Algún día tendrá que conseguirlo y en esa ocasión ella misma constatará nítidamente la energía y la fuerza que emanarán de sus nuevas producciones, que habrán pasado en ese instante de conjeturas a conjuraciones, de atisbos a cábalas con todo el misterio y la grandeza deseadas.

Aviva la sangre al verde
desde el matiz hasta el fondo.
(José Lezama Lima).

NADER AHRIMAR (1964) / DESCABALGADO

Entre la espalda y la pared hay todo un mundo expiatorio habilitado para encontrarse donde siempre deberíamos haber estado. Lo digo porque soy un ente que sirvo para escenificar algoritmos en ese espacio sideral imposible de atisbar más allá de lo que dejo.
Yo, el alemán AHRIMAR, no quiero la paz del alma ni la felicidad. Nietzsche me preguntó si quería ser un adepto de la verdad y asentí. Por eso elucubro, exploro, me incito incluso orgásmicamente. La catarsis, aunque sea revulsiva y repulsiva, siempre tiene lugar en mi obra.

Desde que mi narcisismo se refleja en ella tiene una vida más real, sin importar la inexactitud de su entidad, de los rasgos entre infantiles y circenses que la dinamizan. Hay que saber como dar con el don de su visión, con el manido enigma de su conspiración, y entonces la mirada abarcará ese mundo y bailará con él.

Le disparamos venablos
con figurillas de cera,
un buen olor nos espera,
ya se fueron los mil diablos.
(José Lezama Lima).

ENRIQUE TOLEDO (1966) / ME ESTOY DESPOSANDO

“> El virtuosismo en esta isla caribeña hace de elemento regenerador y diacrónico hasta componer un fresco coetáneo que lidia con la ironía y el ensalzamiento del acto de pintar como una relectura de síntesis histórica a la par que cariñosamente mendaz.
Clásico, barroco, burlón, perfeccionista, con oficio, el cubano TOLEDO está centrado en que su obra tenga la suficiente culminación fantástica como para bucear tanto en el idilio como en un sentido interrogativo de lo que puede pasar si en un momento dado tales personajes se salen del marco, que es lo que pretenden, y nos acompañan de por vida.
Quizás hasta él mismo se interrogue sobre lo que en este comienzo del siglo XXI significa señalar un horizonte plástico que busque sendas recreadoras, las que no son fáciles que expiren a través del concepto en clave oculta y abstracta.
En definitiva, no cabe duda de que su concepción creativa parte de presupuestos insólitos pero que suman deleite, esplendor, decadencia y una inseminación lúdica a un territorio que la necesita para calmar toda la acumulada sed.
De la contradicción de las contradicciones,
la contradicción de la poesía,
borra las letras y después respíralas
al amanecer cuando la luz te borra.
(José Lezama Lima).

NORBERTO MORALES (1958) / YA NO HAY TIEMPO PARA MÁS

Conforme a una supuesta ley de la obsolescencia estética la obra del portorriqueño MORALES estaría fuera de lugar, no encontraría el sitio por ser mera representación de otros supuestos códigos pasados y ya descifrados.
Pero si nos atenemos a la esencia del arte, hemos de entender que su pintura es un ponerse en obra a la verdad de lo existente (Martin Heidegger). Pues estamos ante realidades que en sus imágenes, magníficamente depuradas, nos introducen en una verdadera plástica que únicamente fragua cuando se sabe canalizar una gramática de recursos globales que descorren la totalidad visual de una emoción íntima, compartida y cargada de la luz que alumbra a las sombras.
Son momentos creativos que poseen el impacto eficaz de una lírica precisa, sobria, que trabaja hacia dentro hasta que suelta toda su transparencia entre el caos sereno y la continuidad que interroga.
¿El gallo?
Abrió las piernas
y señaló con el índice.
Y el cacareo
en el ascua del cigarro.
(José Lezama Lima).

ALICÍA MARTÍN (1964) / NO DEJO QUE SE QUEMEN SINO QUE SE FORMEN

Seguramente que en uno de esos libros malabaristas se leería que la liberación del arte frente a la tiranía del gusto dominante ha sido una característica consustancial a la propia historia del arte. Ésa que seguramente la madrileña MARTIN escenifica en sus instalaciones (seguro que en su interior se la puede leer entera).
José Antonio Marina dice que la mayor parte de las obras de arte contemporáneo se reducen a meros productos de ingenio o ingeniosidades, lo que explicaría en su opinión el desinterés generalizado de la gente por el mismo. Pues no estoy tan seguro de ello por la razón de que estas instalaciones ya de por sí suponen una sorpresa y una reflexión sobre el valor de una cultura que está dentro y no fuera. Seguramente que sí sale, lo que quiere la artista, es para que cada espectador busque aquello que no tenía a la vista.
El juego visual entre el fenómeno plástico y su subyacente postulado está bien equilibrado, ahonda después del desconcierto inicial, sugiere preguntas y respuestas, posibilidades y alternativas, al final constituyendo unas construcciones urbanas que rompen la rutina de la uniformidad, de la calle anodina y anónima.
Y mientras se opera la transmisión del mensaje que desprende, la mirada no se aparta de una lectura que se enfrenta o comparte otras lecturas. Ni siquiera nos fijamos en las ventanas, ni hay cerrazón porque el ojo se extiende y no hay una pared que lo detenga. Es un chorro que pronuncia frases de los que hemos sido y somos, de lo que hemos hecho y hacemos, de lo que negamos y afirmamos.
Desde el universo de mi verso,
contemplo el templo de la ignorancia…
ya apenas quedan vivos, sólo muertos.
(Felipe Alarcón Echenique).