MANUEL ANTONIO DOMÍNGUEZ GÓMEZ (1976) / NO ESTAMOS SOLOS

man Altares paganos que compendian con fuerza, irreverencia, virtuosismo y despiadadamente, la sinrazón de un siglo, la infelicidad de un simbolismo, lo cruento amansado de un surrealismo y la tipología de un fuero artístico personal.
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Casi como murales triangulares en que la muestra de personajes íntegros o rotos, tamaños, artificios y espacios vírgenes expropiados y degradados, incitan a una mirada alargada, pausada en cada detalle, sensible a lo que suscita y verifica, a lo que posee a pesar de todo una intrínseca magia y autenticidad.
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Son obras que retoman pasados mitos representativos para fijarlos en otras coordenada más visivas para el espectador, el cual no se queja de los responsos y sí de la falta de ellos si no son como los que nos propone el español DOMÍNGUEZ, ya que él los plasma así de haberlos escuchado tanto.
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Soy una vieja en un bar llorando
mientras los hombres juegan al tribunal del silencio.
(Leopoldo María Panero)

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